Los griegos que otorgaron a las estatuas de sus dioses “una vida secreta, y si era necesario hostil, y siempre dispuesta a manifestarse”, conocìan ciertas tradiciones que recuerdan las estatuas de Egipto, “imagenes vivientes”, o la leyenda de Pigmaliòn, el rey de Chipre, que , segùn se decìa, habìa obtenido de los dioses que se animara la estatua de marfil que èl amaba.

Hefesto crea, en Homero, trìpodes animados capaces de llegar por sì mismos a la asamblea de los dioses. Segùn Pìndaro, Atena habìa enseñado a los habitantes de Rodas a fabricar estatuas semejantes a los seres vivos, que marchaban por los caminos. Dèdalos sabìa hacer otro tanto; Eurìpides dice que sus obras parecìan dotadas de movimiento y de mirada.

Los esfuerzos que el arte contemporàneo realizaba para lograr obras “vivientes”, podìan hacer pensar en esos recuerdos de la fàbula: se los ve reaparecer, en particular, en las pàginas donde se trata de esas estatuas de Dèdalo, siempre dispuestas a escaparse, que sòlo permanecìan inmòviles si se las ataba.

Si bien ciertos textos nos presentan estatuas que son o parecen animadas, otros, en cambio, subrayan la repugnancia que los griegos sentìan ante la confusiòn de dos gèneros que la lengua misma que hablaban les enseñaba a distinguir: el animado y el inanimado. Los autores han subrayado a porfìa la inmovilidad estùpda de la estatua.

“¡Hermosa cabeza, dice el zorro de la fàbula de Esopo, pero de cerebro, nada! Al comienzo de la quinta Nemea, Pìndaro opone su arte al del escultor que crea estatuas que se yerguen, inmòviles, sobre su base. Esquilo compara a Ifigenia, amordazada sobre el altar, con “una imagen impotente para hablar”. Y en las estancias desiertas donde sòlo reina la imagen de Helena fugitiva, Menelao encuentra odiosa la gracia de las bellas estatuas y su mirada vacìa, de la cual Afrodita està aussente.

En el primer libro de los Memorables , Sòcrates opone tambièn, en el curso de sue ntrevista con Aristodemo el Pequeño, las imagenes ininteligentes e inmòviles a los seres vivos, inteligentes y acivos.

A esta corriente, o a esta contracorriente, aproximarìamos el texto del Fedro citado màs arriba, donde Platòn compara, como los sofistas, el discurso escrito con esas pinturas que parecen vivas, pero sòlo responden a las preguntas con un religioso silencio. Una antìtesis anàloga reaparece en un pasaje del libro XI de las Leyes, donde Platon opone a las estatuas que honramos, aunque sean inanimadas, porque pensamos que los dioses inanimados nos lo agradecen, esas otras estatuas vivientes que son nuestro padre y nuestra madre, y los abuelos, quebrantados por la edad, que viven en nuestro hogar.

Asì se cruzan, en el pensamiento platònico, temas vinculados con las diversas tendencias que hemos tratado de oponer.

Cecilia .B

Lic. en Sociologìa - U.B.A. -
Docente universitaria e Investigadora

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