Diógenes Laecio y Apuleyo nos dicen que Platón se había ocupado de pintura. Más tarde, Olimpiodoro agrega que debía a los artistas que frecuentaba, sus conocimientos acerca de la mezcla de los colores.

A primera vista, los textos parecen confirmar esta afirmación: los colores designados en el Timeo como primitivos son el blanco (leukón), el negro (melan), el rojo (erúthrón), y el brillante (lamprón te kai sitbon) que, mezclado con el rojo y el blanco, produce el amarillo (xanthón); y los colores que según indica en el Fedon pertenecen al munco de lo alto, de los cuales podemos tener una idea mirando los que utilizan los pintores, son más o menos los mismos: púrpura, oro, blanco, etc. Ahora bien, afirman varias fuentes que los antiguos pintores sólo utilizaron cuatro colores: el blanco, el rojo, el amarillo y el negro. Además, las expresiones mismas que Platón emplea en el Timeo parecen técnicas:  si, por ejemplo, después de haber mezclado el rojo con el negro y el blanco, con lo cual se obtiene el púrpura, se calcina un poco más, y se agrega negro, se logra el marrón oscuro. Para obtener el azul, hay que volcar en el negro saturado, blanco combinado con brillante.  Pero los elementos de la mezcla parecen escogidos de manera un poco caprichosa y no corresponden casi a lo que sabemos por otras fuentes acerca de las materias que emplean los pintores: para los amarillos, por ejemplo, se utilizaba el sil ático, que ya empleaban Polignoto y Micón. Por otra parte, Platón mismo nos señala que sería vano querer “contrrolar todo esto mediante la experiencia”; aun cuando se conocieran las proporciones exactas de las mezclas, bno se podrían, no se podrían justificar de ninguna manera: sólo un dios puede mezclar lo múltiple en un todo único y hacer brotar nuevamente de esta unidad la multiplicidad. En nuetsro caso, sólo se trata de concebir mezclas que permitan salvar las apariencias mediante un mito verosimil. No parece entonces que deba aceptarse el testimonio de Olimpiodoro, pero esto no implica que deba rechazarse también el de Apuleyo y el de Diógenes Laercio, que aquél se limitó probablemente a interpretar a su manera. Platón emplea tan frecuentemente y con tanta seguridad los términos técnicos correspondientes a la pintura o a la escultura, que es imposible aceptar el punto de vista de Zeller, para quien esas indicaciones antiguas sólo serían conjeturas “pragmáticas” extraídas del Timeo: no parece puyes imposible en modo alguno que Platón haya frecuentado a los artistas, y hasta es probable que lo hiciera.

Más de una vez, por otra parte, su imaginación se inspira en las obras de éstos. Plinio nos habla de un cuadro de Parrasio que podría parecer destinado a ilustrar las páginas de la República referentes al Estado democrático. Representa, nos dice, al Demos de Atenas de la manera más ingeniosa: tenía que representarlo, en efecto, mutable, irritable, injusto, inconstante, pero también indulgente, clemente, misericordioso; glorioso, altivo, pero además humilde, valiente y temeroiso, y todo en la misma proporción. Estamos muy cerca del pasaje de la hidra del libro IX, donde Platón construye con el pensamiento de una imagen “como se cuenta en las leyendas que la naturalñeza producía otrora: la Quimera, Escila, Cerbero y esos numerosos monstruos que reunían varias formas en un solo ser. -Así se dice, en efecto. – Modela tú entonces una forma única para una bestia mudable dotada de varias cabezas, correspondientes a animales domésticos y salvajes, dispuestas en torno de ella, y capaz de cambiar y de hacer surgir de sí a su arbitrio todo esto. – Haría falta un famoso modelador para realizar este trabajo, dijo Glaucón; sin embargo, comoes más fácil modelar análogas, supongamos que ya está hecha. – Bien, construye ahora otra forma, la de un león, y otra más, la de un hombre; que la primera sea mucho más grande que las otras dos, y la segunda ocupe el segundo lugar. – Esto es más fácil, dijo el otro; ya está hecho. – Junta ahora las tres en una, como si estuvieran, de alguna manera, unidas desde su nacimiento. – Ya están unidas.  – Ahora modela en torno a ellas, por fuera, la imagen de un ser único, la de un hombre, de manera tal que quien no pudiera ser el interior, sino solamente la envoltura externa, creeríoa ver a este ser único, a un hombre.” Esta imagen caprichosa parece participar a la vez de la índole de un cuadro como el Demos de Parrasio – Platón nos habla en la República también de pintores que representan animales monstruosos, mitad chivos, mitad ciervos -,  de esculturas como el Tritopátor o Nereo de Acrópolis, con sus tres tosos alados que terminan en colas de serpientes, y de esos Silenos que, según dice Alcibíades en el Banquete, se hallan en los talleres de los escultores: los artistas los representan con una siringa o flautas en la mano, y si se los abres en dos se ve que contienen en su interior estatuas de dioses. Se han relacionado igualmente los carros celestes de Fedro con el carro de Zeus tirado por Pegasos que aparece en la séptima metopa oriental de la gigantomaquia este del Partenón.

No faltan, por último, textos que podrían ilustrarse con numerosos versos pintados: así, en el Teeteto, Platón evoca a Protágoras después de haber hablado en su nombre: ” Si de pronto, aquí mismo, sacara la cabeza de la tierra hasta el cuello, refutaría muchas de las tonterías que sin duda he dicho, y con las cuales ha estado de acuerdo, y luego, hundiéndose bajo tierra, se iría lo más rápido posible.” Escena como ésta constituyen a menudo el tema de pinturas de vasos, especialmente de los que representan el Ánodo de Pandora.

a.

Cecilia .B

Lic. en Sociologìa - U.B.A. -
Docente universitaria e Investigadora

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