Existe una frase que se repite con frecuencia en el imaginario social argentino: «Un docente particular tiene más alumnos cuanto menos cobra».
A primera vista, puede parecer una afirmación lógica. Sin embargo, cuando analizamos sus implicancias, descubrimos que no solamente es una idea equivocada, sino que también contribuye a desvalorizar el trabajo docente y a deteriorar las condiciones en las que se desarrolla la enseñanza particular.
En este artículo vamos a analizar por qué cobrar menos no significa necesariamente tener más alumnos, por qué los honorarios docentes deben contemplar la formación y la experiencia profesional, y qué consecuencias tiene sostener esta falsa creencia.
1. El docente particular es un profesional de la educación
Lo primero que debemos recordar es que un docente es un profesional. Su trabajo no consiste simplemente en dedicar una hora de su tiempo a explicar un tema.
Detrás de cada clase hay años de formación, estudios, preparación, actualización y experiencia. Lo mismo sucede con otras profesiones, como la medicina, la abogacía, la contabilidad, la ingeniería o la arquitectura.
La experiencia también tiene un valor fundamental. Un docente que lleva años enseñando y que ha trabajado con numerosos estudiantes desarrolla herramientas, estrategias y conocimientos que difícilmente tenga alguien que recién comienza.
Por lo tanto, los honorarios docentes no deben calcularse únicamente en función del tiempo que dura una clase. También deben contemplar la formación académica, la experiencia profesional y la calidad del servicio educativo que se ofrece.
Cuando contratamos a un profesional con mayor formación y experiencia, estamos pagando por mucho más que el tiempo que pasa frente a nosotros.
2. ¿Cobrar menos significa tener más alumnos?
Otro de los problemas aparece cuando los propios docentes comienzan a creer que, si cobran una tarifa acorde con su formación y experiencia, no conseguirán alumnos porque nadie estará dispuesto a pagarla.
Pero ¿es realmente así?
Empecemos por una cuestión básica: ¿cuántas horas puede trabajar un docente particular por día?
La enseñanza es un trabajo intelectual que requiere concentración, preparación y un importante esfuerzo mental. Para ofrecer clases de calidad, no es razonable pensar que un docente puede trabajar doce horas diarias de manera sostenida.
Si tomamos como referencia una jornada de entre cuatro y seis horas de clase, estamos hablando de un máximo aproximado de cuatro a seis alumnos por día, suponiendo clases individuales de una hora.
Hagamos un ejemplo sencillo.
Si un docente tiene seis alumnos por día y cobra $5.000 por cada clase, su ingreso diario sería de $30.000.
Ahora bien, pensemos en el costo de vida en Argentina. ¿Qué capacidad económica representa actualmente esa suma? ¿Alcanza para cubrir los gastos cotidianos, los períodos sin alumnos, la preparación de las clases y la formación profesional?
La pregunta es inevitable: ¿de qué sirve cobrar menos si existe un límite físico y horario para la cantidad de alumnos que se pueden atender?
No necesariamente se consiguen más estudiantes por reducir los honorarios. Y, aunque se consiguieran algunos más, el docente no tiene una capacidad ilimitada de trabajo.
Por eso, competir exclusivamente mediante precios cada vez más bajos no constituye una estrategia sostenible para una profesión que depende del conocimiento y del trabajo intelectual.
3. La demanda de clases particulares es estacional
Hay otro aspecto que suele ignorarse: la cantidad de alumnos de un docente particular no se mantiene constante durante todo el año.
En épocas de exámenes, recuperatorios e ingresos universitarios, la demanda de clases particulares aumenta considerablemente. En otros momentos, cuando no hay evaluaciones importantes, la cantidad de estudiantes suele disminuir.
Esta dinámica no es exclusiva de la educación. Podemos encontrar un fenómeno similar en el mercado turístico.
Pensemos en los destinos que dependen principalmente del turismo. Durante la temporada alta, cuando aumenta la demanda, también suelen aumentar los precios.
¿Por qué sucede esto?
Porque los ingresos obtenidos durante los períodos de mayor actividad deben contribuir a sostener el negocio durante el resto del año, cuando la demanda disminuye.
Con las clases particulares ocurre algo parecido.
Durante las épocas de exámenes, el docente puede tener prácticamente todas sus horas disponibles ocupadas. Sin embargo, no puede suponer que tendrá la misma cantidad de alumnos durante los meses siguientes.
Por eso, sus honorarios deben contemplar no solamente las horas efectivamente trabajadas, sino también la irregularidad de la demanda y los períodos de menor actividad.
Si los ingresos no permiten sostener la actividad durante todo el año, el docente terminará buscando otro trabajo o abandonando las clases particulares.
Y entonces surge otra pregunta: ¿qué sucede cuando los profesionales dejan de ofrecer sus servicios porque económicamente no les resulta viable?
La consecuencia es clara: se reduce la disponibilidad de docentes con experiencia y se debilita la calidad de la oferta educativa.
4. La educación pública y gratuita no significa que el trabajo docente sea gratis
Otro argumento que suele aparecer en estas discusiones es que la educación en Argentina es pública y gratuita.
Sin embargo, debemos distinguir entre la gratuidad de la educación para quien la recibe y la remuneración de quien la produce.
La educación pública puede ser gratuita para el estudiante, pero el trabajo del docente nunca es gratuito.
Los profesores que trabajan en instituciones públicas reciben un salario financiado por el Estado. En las instituciones privadas, la remuneración proviene de la organización responsable, que se sostiene mediante sus ingresos y las cuotas que abonan las familias.
En las universidades públicas, los salarios docentes se financian con presupuesto público. En las universidades privadas, la institución es responsable de pagar a sus trabajadores.
En todos los casos existe alguien que remunera el trabajo docente.
De hecho, los reclamos salariales y las protestas del sector educativo muestran precisamente que los docentes no trabajan gratis y que sus remuneraciones son motivo de preocupación permanente.
Cuando no se reconoce el valor del profesional que produce la calidad educativa, se termina deteriorando también la calidad de la educación.
Por eso, no debemos confundir el derecho a acceder a la educación con la idea de que el trabajo de enseñar carece de valor económico.
5. Una clase particular no es un producto de consumo inmediato
Hay una cuestión todavía más importante: ¿qué estamos pagando cuando contratamos una clase particular?
Muchas veces se piensa en la enseñanza como si fuera un producto más del mercado, algo que se compra, se utiliza y se termina.
Pero una clase particular no es un paquete de arroz ni un café en un bar.
La educación es un bien que produce efectos a largo plazo. Los conocimientos que adquiere un estudiante pueden acompañarlo durante toda su vida y convertirse en herramientas fundamentales para su desarrollo profesional.
Pensemos, por ejemplo, en un docente particular que prepara a un estudiante para ingresar a la universidad, superar una materia difícil o continuar una carrera.
Esa clase puede ser una pieza fundamental para que el estudiante consiga avanzar en su formación académica, obtener un título universitario y, posteriormente, acceder a mejores oportunidades laborales.
Por lo tanto, el valor de una clase no termina cuando se cumple la hora de enseñanza. Su impacto puede continuar durante años.
La educación no es un bien de consumo inmediato: es una inversión en conocimiento, formación y posibilidades futuras.
Por eso, no tiene sentido evaluar el trabajo docente utilizando los mismos criterios con los que se comparan productos de consumo cotidiano.
6. Cobrar cada vez menos desvaloriza la profesión docente
Volvamos entonces a la frase inicial: «Un docente particular tiene más alumnos cuanto menos cobra».
Esta idea instala una lógica peligrosa: para conseguir estudiantes, el docente debe reducir permanentemente sus honorarios, independientemente de su formación, su experiencia y la calidad de su trabajo.
El resultado es una competencia basada exclusivamente en el precio, que termina perjudicando a los propios profesionales.
Cuando se naturaliza que un docente debe cobrar poco para conseguir alumnos, se transmite el mensaje de que su formación vale poco, que su experiencia no importa y que su tiempo puede regalarse.
Pero una profesión no puede sostenerse sobre esa lógica.
Así como los médicos, abogados, contadores y otros profesionales establecen honorarios de acuerdo con su preparación y experiencia, los docentes también tenemos derecho a cobrar una remuneración acorde con el trabajo que realizamos.
Nuestro tiempo tiene valor. Nuestra formación tiene valor. Nuestra experiencia tiene valor.
Y respetar esos valores es también una manera de defender la calidad educativa.
En Teleeducación queremos empezar por lo fundamental: respetar al docente
En Teleeducación creemos que la calidad educativa comienza por reconocer y respetar a quienes la producen: los docentes.
No podemos hablar de educación de calidad mientras sostenemos mecanismos que desvalorizan el trabajo de los profesionales, promueven la competencia mediante precios cada vez más bajos y convierten el tiempo docente en un recurso que parece no tener valor.
El mito de que cobrar menos permite conseguir más alumnos no solamente es discutible desde el punto de vista económico: también contribuye a instalar una cultura en la que el trabajo docente pierde reconocimiento.
Un docente no debe competir por quién cobra menos, sino poder ofrecer sus conocimientos, su experiencia y su trabajo en condiciones profesionales dignas.
Si sos docente y buscás un espacio donde tu formación, tu experiencia y tu tiempo sean respetados, en Teleeducación queremos que encuentres ese lugar.
