Mirada angelical

angelical

La hipocresía de muchas olvidé con tu rostro angelical.

Mujer sencilla y a la vez complicada, original, auténtica, debe ser un placer muy valorado poder observarte muy de cerca, sentir tu respiración.

Todas las metáforas eludirías por su nulo efecto porque emanan  de corazones cauterizados por tu promesa eterna que has hecho a otro, y de no ser tan grande tu belleza, no estaría aquí, como estoy ahora, aislado en una colina mientras allá abajo ladran los perros de mi conciencia absortos por ignorar si finalmente me he dado por vencido en esta horrible atracción.

Lo peor está por ocurrir atentos al engaño que producen en mí estos espejos convexos, pues si retrocedo ya no te encuentro,  te mueves y te pierdes, intuyo el futuro juntos pero solo es un reflejo de un espejo cóncavo, imagen suspendida en el aire y fuera de ese espejo.

Bastaría con que cambiara mi postura a esta pasión para que desaparezca este fantasma que me atormenta cada vez que te veo.

Tú has visto que mi emblema es el uso de la razón, pero tu rostro angelical me hace deponer las armas del intelecto y casi caigo en la molestia de la obsesión por admirarte, siento mi incapacidad de apartarme de tus prodigios.

Desde que te conozco mi pluma se seca de inmediato, debo rascar con intensidad el papel para que fluyan las palabras, mis pensamientos se agotan y mi pulso se demora, si escribiera con máquina mecanicista las letras brincarían de gusto mientras te veo y la primer vocal lucharía por superponerse a una consonante representada por tu segundo abolengo que evoca el primer modelo de coche que se hizo en serie en Michigan.

Ya no puedo coexistir entre el ser y el deber ser desde que te vi. Me debato entre la negligencia por tu lejanía y la necesidad que sembró en mi la tiranía de tu rostro angelical.

Día a día contengo  mi deseo de verte y cada mirada tuya la archivo en el depósito de libros que llevan anotaciones en las portadas, índices y tapas, de todas mis instintivas represiones.

Placer   experimento cuando conjeturo si me sonríes a mí o a quien nos acompaña en una pequeña charla o congregación.

Llegué  a la gloria académica cuando pude escuchar tus dichos y razones,  pesé todos los muchos conocimientos e ideas que acumulas en tu cabeza, cualquier otra que he escuchado ha ofendido mi pudor cognoscitivo al hallarla de poca utilidad, pero cuando te escuché a ti eché al viento confeti y espantasuegras de una posguerra, un periodo ha concluido  de estruendos y voces femeninas sin sustancia y sin razón,  al conocerte he dicho: tiene pies para caminar, sonrisa para agradar y muchas ideas y sabiduría para deleitar a cualquier esforzado en el ejercicio mental.

Estoy encaprichado con oír tu voz melodiosa que casi siempre emite sonidos sapienciales, por más mensajes cargados de ideas que se transfieren de tu garganta a mis oídos no parece haber merma y mucho menos  en mí gusto por oírte.

Mi memoria ensaya el recuerdo de cada paso que has dado delante de mí y también cada rincón en que me he escondido para no ser percibido o apercibido por ti por mi imprudente fijación.

Sabes que disfrazo mi interés por saber santo y seña de ti, la fruta prohibida del edén es tan prohibida como lo eres tú y no por ello se convierte en un cariño contra la naturaleza.

Tanto me gustas que me perdono todos mis silencios, porque si fuera mi deseo transgredir y traspasar los límites de mi obediencia a la ley, mi boca promulgaría como decreto centelleante que lucharía por tu cariño hasta conquistarlo.

Vas caminando frente a mí en vereda ajena con tu boca bien pintada, justa, ceñida, gustosa y alargada por tus mejillas rojas henchidas de tanto sol y de tanta alegría jovial. ¿Son acaso esos dos luceros tus ojos o lámparas de dulzura hipnotizadora?

Las hojas que caen del árbol me mienten, me dicen que conmigo sueñas, navego a lo largo de tus sueños, ojalá que no veas como pesadilla el que tu balsero pierda su camino entre los esteros y se entretenga para siempre comiendo los ostiones que va encontrando de cuando en cuando, de junco en junco, y tu sin darte cuenta.

Las mentiras que los árboles cuentan acerca de tus sueños conmigo se tiñen de azul con el paso de tu cabello negro, el más hermoso que he visto. El cielo azul refleja en todo su esplendor mi caminar contigo vagando por esa fina arena que se va enterrando entre nuestros dedos.

Tu caminar a mi lado no lo tumba ni la ola más alta, mucho menos las algas encalladas en la orilla que avienta el océano después de tanto bregar día y noche entre luces de la luna y las estrellas.

Voy a seguir caminando como un necio entre los escondrijos de tu ser, haciendo muchos disfraces con los versos que van trinando las avecillas que aparecen en la luz del sol que se posa en tus mejillas blancas. Que mis pensamientos ocultos no te ofendan, solo te halaguen porque esto que he incrustado en mi corazón no es mucho verbo  ni pesadez, es solo  un apego causado por tu descuido de cruzar  tus pisadas con las mías.

 

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