Los colectivos en las escuelas

 

La conducta individual se pierde en cualquier colectivo, no es la excepción en uno docente, la reacción de cada uno a los designios de una o dos personas, jefe y subjefe, es generalmente desordenada e irracional ( Appelbaum y Chamblis, 1997, pág. 422), es un animal social que ha roto su correa. Es cierto que algunos elementos prefieren permanecer pasivos, pero es precisamente esta irracionalidad, y un historial negativo en donde su participación activa, o la de otros, fue en todo caso errónea y causal de consecuencias negativas para su expediente real o imaginario.

Los criterios de clasificación para categorizar o etiquetar las acciones de los elementos de un colectivo, según la teoría social, nada tienen que ver con quien, o quienes dirigen el grupo, puesto que ellos mismos son los que en un caso extremo, propondrían la remoción de los mismos, razón por la cual, las acciones que el liderazgo propone son casi siempre contradictorias y carentes de organización o de cumplimiento contractual. Ni con todo el electromagnetismo del mundo es posible cambiar esta verdad, que quienes dirigen una organización social siempre se auto defienden con esta metodología.

El dirigente de un colectivo comienza su jornada, en cualquier ciclo: lectivo, fiscal, organizacional, de asamblea, de sociedad fiduciaria, con un estudio previo de cada uno de sus miembros. Realiza un análisis para detectar quienes en su colectivo se encuentran disgregados de su timón, de aquellos que aparenten estar congregados en su entorno, ya sea por interés o por un estímulo y motivación propia, quienes de ellos son muy receptivos a sus indicaciones y quienes no lo son.

Describirá en su tabla de análisis quienes acostumbran adaptarse con facilidad a la uniformidad y con ello lograr sugestionar a todo el colectivo con sus pretensiones. Como es posible advertir, en esta situación es fácil lograr el decremento de estándares intelectuales y el incremento de emociones de los elementos que conforman una organización, por supuesto, en pro de un fin con apariencia de beneficio común.

Las acciones y situaciones que se generan en un colectivo, en especial el docente, y más en especial el que ha vivido quien esto escribe, en educación básica, debieran haber sido siempre dando cara al bien, pero lamentablemente, como lo explica la teoría de estratificación filogenética del carácter de un grupo, ocurren con frecuencia incidencias en donde se manifiesta crueldad y otras de tipo muy primitivo, en muchas de ellas el líder se convierte en el principal instigador.

La responsabilidad de quienes se ven envueltos en estas incidencias es ínfima, con o sin la participación de líder. En la medida en que adoptan uniformidad a los criterios del liderazgo o de las pretensiones más bajas de la organización en esa medida estas personas participantes en delitos e incidencias permanecen intactas e incluso crecen en la jerarquía organizacional. La inquina que dentro de una organización se levanta contra uno o varios de sus miembros es inventada e imitada por el resto del colectivo (Gabriel Tarde).  La imitación es un estado hipnótico que favorece que los individuos realicen conductas de modelos establecidos por el liderazgo.

Es un procedimiento sicológico por el cual las ideas se repiten y propagan en el colectivo, y comienza con estados internos como las creencias y los deseos de los individuos. El colectivo felicita, recomienda y enaltece todo lo hecho por aquellos que promueven este estado de hipnosis ideológica prevaleciente y castiga, denigra, bloque aquellos a quienes no hacen eco de sus prácticas.

Los elementos de conducta negativa que he conocido en los colectivos en los que he trabajado hicieron uso de su puesto para lucrar sin ninguna ética y son quienes, desde mucho antes de ser parte de este colectivo, habrían desaparecido de ellos todo sentimiento de responsabilidad individual.

Acostumbrados a apoyarse en prácticas corruptas innatas de sus progenitores, y favorecidos por el anonimato, cedieron ante sus instintos para lograr aquello que se proponían, generalmente apoderándose de recursos de la institución escolar, o ingresando al sistema por la vía de la compra de su plaza.

Su argumento para delinquir es el de que el gobierno, o la autoridad educativa es corrupta y que no tiene razón de ser adoptar ninguna ética por la misma causa.  Aceptan que no cometieron o cometen estas conductas por sugestibilidad o porque algún otro miembro realice los mismos actos, les parece suficiente su extrema necesidad económica como argumento que se use para esgrimir frente a un reproche de algún otro miembro, o del exterior.

Acostumbran alinear al mayor número de elementos del colectivo a su causa, y pretenden bloquear a quienes no les dan su venia o apoyo moral. Incluso, llegan al ridículo de alienar a padres de familia o de trabajadores externos como los que aportan el servicio de comida o de la cooperativa escolar.

Los objetivos sociales que pretenden este tipo de elementos que no debieran permanecer en una institución tan respetable como una educativa, son empresas que se identifican con el lucro personal de unos cuantos y en el cual es necesario que de este botín todos participen de alguna forma, o en caso de una negativa, se procede a la difamación haciendo uso de cualquier tropiezo que pudieran cometer, reales o imaginarios, aquellos elementos heterogéneos.

Sin embargo, el filósofo español Ortega y Gasset establece una premisa muy cierta: las minorías en un grupo o colectivo son ejemplo de individuos especialmente cualificados, a diferencia de los homogéneos a quienes denomina como “no cualificadas”. Son las minorías las verdaderas forjadoras de un porvenir para cualquier colectivo, siempre amenazados por la uniformidad de los homogéneos, quienes están en un mismo sentir de permanecer en el colectivo con el menor esfuerzo posible en su labor.

Estas personas que son mayoría en un colectivo, que se felicitan, se reúnen con frecuencia con fingida amistad, los caracteriza su libre expansión de sus deseos vitales, nada intelectuales, y se muestran siempre muy dispuestos a toda la vulgaridad. Pero lo que más daña a la institución es su radical ingratitud a los principios y visión de todo el órgano escolar que los ha hecho poseedores de un peculio económico por años.

Si bien es cierto que Freud insiste en que el lazo afectivo es el que mantiene a un colectivo unido, es el poder lo que los sociólogos insisten en pintar como el gran eslabón que mantiene encadenados unos a otros. Freud entonces, con su término “libido” el cual estudió en su sicoanálisis, llama así libidinosos a los miembros de un colectivo por estar integrados unos con otros, con un líder, a quien también podríamos señalar con el mismo término.

Las fuentes de donde emana el poder dentro de una organización solo existen en un Estado y nación que se encuentre en paz, porque cuando llega la guerra a una nación todas las organizaciones colectivas se disuelven para unirse frente a un enemigo externo. En estado en guerra no sería posible obtener una remuneración por el trabajo, lo que ocasionaría que todas las instituciones y las familias sean sometidas a una precariedad de toda índole. Esto no les es posible distinguir a los elementos negativos del colectivo, ellos creen que el poder y el afecto que se les ha otorgado es de carácter indefinido. Los elementos negativos, como cité anteriormente usan como su principal arma la difamación o el rumor. Con éste, pretenden asustar o delimitar a los elementos heterogéneos. Son maestros en el uso de la mentira, y son los homogéneos la principal agrupación con la que creen contar como su séquito, creen tenerlos de su lado, jamás les dan a conocer que su interés en ellos es solo conseguir su respaldo para alcanzar su supremacía.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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