Reflexión de los vencidos

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Reflexión de los vencidos

Los humanos pasamos toda una vida ocupados en cosas que no nos van a poner en favor contigo, andamos errantes y hambrientos cuando pudiéramos hacer un alto en el camino y preguntarte que podemos hacer para salir de esa miseria, en tanto andamos apurados buscando el alimento nos encontramos con otros mas hambrientos que harán todo por quitarnos lo poco que pudimos procurar. El aprendizaje llega por oír tus reclamos y decretos. No hemos visto nunca redes que se extiendan para atrapar a un gorrión y lo mismo pasa con nosotros cuando aprendemos de tu voz a escapar de esas redes, aprendemos a conocer señales de que se está tendiendo una trampa en nuestra contra.

Aquel que nos enseña cómo salir de las armas forjadas que se levantan por el camino también se ha de reír si no escuchamos sus advertencias, cuando hacemos caso omiso y el temblor nos consume debe estar riéndose por no haber atendido sus palabras a tiempo. Reconstruir tu voluntad a partir de sucesos me parece imposible. Detectar ciertas claves que he descifrado sobre tu actuar ha sido un pasatiempo para mí, una actividad permanente a veces por ocupar mi tiempo. Una fina forma de emplear mi tiempo.

El estrado santo de tus pies ha estado en muchos lugares en los que es posible encontrar un vestigio de poder, de mando y de constitución de tu voluntad. El imperio egipcio es muestra de tu poder, el babilónico, el chino. No encuentro personas que se dirijan a ti, porque los profesionales de las crónicas se han puesto de acuerdo, tal vez, para eliminar toda carta dirigida a ti Majestad excelsa.

Muy pocos han estado a tu servicio, pero de eso solo Tú tienes la respuesta a la interrogante de por qué son tan pocos los intermediarios entre Tú y la humanidad. Siento que no estar de tu lado es llenar tu alma de maldad, muchos eruditos laicos habrán de eliminar fácilmente con sus argumentos esta idea, y es debido a ese gran silencio que has establecido. Se supone que todo ser humano debe recibir una guía en sus primeros años de vida, y en esa guía debiera ocuparla en su totalidad conocimiento de tu Majestad y vemos que eso no sucede ni ha sucedido jamás en la larga y corta historia de este planeta tierra.

Aprendemos de filosofía, de botánica, de fisiología y de las tradiciones de nuestros ancestros, pero nunca nos enseñan lo que tienes que enseñar sobre esta vida. Solo en esos lugares en que haya hombres que recibieron guía desde chicos directa de Ti, sin intermediarios, habitas Tú. No habitas en ningún otro lugar y sin embargo estas al pendiente operando en cada rincón del universo.

Quizás sea eso lo primero que cualquier ser humano debe aprender desde que empieza a tener uso de razón: Que tu estas en todos lados, todo ves, todo sabes y en todos lados haces lo que Tú deseas que se haga y todos hacemos lo que Tú quieres aun sin advertirlo. El siguiente conocimiento que debemos llegar a tener es que para poder vivir larga vida en el planeta necesitamos conocer que es lo que se espera de nosotros, y no solo conocer esos decretos, adecuarse a ellos. El tercer conocimiento que debemos obtener desde chicos es que si buscamos la verdad y tenemos misericordia tenemos asegurado que los que buscan tendernos trampa pudieran llegar a tener misericordia de nosotros y nos dejen escapar de sus armas en un conflicto, guerra o ataque.

Buscar la verdad no es hacer silogismos filosóficos. No es buscar la verdad absoluta, es conocer el origen de toda verdad que eres Tú. El cuarto conocimiento que todo ser humano debe tener es el de ofrecer a Dios los primeros frutos de nuestros éxitos. Al principio te preguntaba la razón para inventar al éxito y al fracaso, para separar a los que tienen éxito de los que tienen fracasos y para no hacer permanentes ni unos ni otros. La clave del éxito está en ofrecer todo lo que hagamos a tu gloria y honra. Sin embargo, observo que esta cualidad es de unos cuantos, por más que muchas veces puse todo a tu servicio no logré nada. Es cuando aquí entra el ruido de las religiones, de mis padres, de muchas personas que te dicen que si no estás alineado a sus creencias sobre tu presencia, es la causalidad de ese fracaso.

Es un sueño que tengo desde años, relatar la forma en que el fracaso se ha dado por razones insospechadas, he mantenido un silencio, vez tras vez, que tuve que callar al no encontrar otra fuerza más que el músculo de la operación silenciosa de tus movimientos y decretos. He estado dominado por esa vigilancia secreta y me ha dejado cicatrices que has mandado curar en mí.

Incluso mis actitudes corporales han cambiado al no encontrar la forma de vencer ese dominio que ha hecho que los demás tengan el control de las oportunidades que podrían haber sido mías. En ocasiones he pasado por luchas, en otras han sido batallas, pero siempre ha sido enfrentar variables adversas. He decretado unilateralmente un armisticio, una tregua porque o no he sabido descifrar con quien tengo la confrontación, porque es tan claro que no te puedes enfrentar con quien es superior a ti. Cada día que tuve que enfrentar la adversidad, un prójimo más aventajado salió ganando el favor de quien debió apoyarme.

La sensación generalizada de que al salir menos favorecido era lo más justo para mí, y el que este otro haya salido victorioso fuera lo requerido es quizás lo que provoca esta tabla dispareja de medidas. La exactitud con la que he medido se ha verificado una y otra vez, y si lo he hecho tantas veces me ha provocado más dolor, pero también el reconocimiento de que en algo o en mucho estoy mal. Reconocer que las cosas están mal entre tú y yo me da fortaleza, pero aun así me da más tristeza, porque sé que quien ha sido favorecido por ti no tiene el menor agradecimiento de haberme robado esa grandeza que me pertenecía.

Primero, al poner en medición las cosas que han acontecido se colocan en un campo de una misma dimensión, un aislamiento de esos objetos por medir, tanto aquellos con los que me he tropezado como con los que he forjado con mis propias manos, no he de privilegiar a unos ni a otros, con un afán de que quien me lea le dé validez universal a mis dichos y expresiones, dejando fuera aquello emocional o subjetivo. Darle relieve y cotas a cada capa por no decir, en términos modernos, de una interfaz en tres dimensiones. Una interfaz que me permita,  incluso a mí, ponerle tacto a los daños o a los triunfos, fracasos. Es una interrelación entre la verdad de los hechos, de tu poder, de mi saber de tu poder, o de ignorar tu poder, y queda fuera lo que los aventajados han hecho, porque lo que han hecho solo lo han hecho por ti, quizá con el afán de herirme a mí, quizá solo es la percepción que tengo del hecho al tomármelo muy personal.

Es la administración de los hechos, siendo peón, no puedes administrar, solo ver al administrador, pero al final de la trama, te quedas pasmado, no porque quiera sustituirte como administrador, es que no sé porque me has dado esa capacidad de observación de lo que se mueve y, me he enfrascado tanto, que al parecer también quisiera pertenecer a la ayudantía de tu administración.

Los objetos tienen medida, son éxitos, son cargos, propiedades, oportunidades, golpes de timón en mi contra, brisa que refresca al aventajado y soplo caliente desértico que has mandado a rodear a los que te ha placido refrescar de esa manera.

¡Qué bello es el momento en que adviertes que te has puesto a observar y a medir¡, no solo respiras por respirar, tienes una vida con un objetivo, has adquirido tanta conciencia de todo, que incluso estorbándote para ser feliz, te auxiliar en el enfrentamiento que produce el caos al que has sido sometido observando la ventaja del prójimo y la calamidad a la que has sido atado.

El hilo conductor de esta reflexión es la visión de los vencidos, de los que fuimos predestinados para algo grande pero que quedamos a medio camino por disposición suprema de una inteligencia superior, no solo implica quitarte la corona, lo es también el dársela a quien no fue predestinado, al soberbio y al que ha iluminado el enemigo destructor.

Los objetos que rodean a los vencidos son los conflictos, los disensos, las tensiones, las angustias que nos atraviesan de un costado a otro, fueron los motivos que nos hicieron decidir en forma equivocada, no nos drogábamos, tampoco hipotecamos para divertirnos una noche en una fiesta de XV años de nuestras hijas, perdimos todo porque se nos arrebató porque el otro, el hijo del enemigo tenía más necesidad, fue transferida nuestra propiedad para dársela a quien no la merecía, a quien no trabajo por ella.

En los conglomerados de ciudades donde he vivido no ha habido rebelión, no ha habido queja más allá de las quejas que se resuelven a puñetazos entre particulares, ante un irrumpimiento en una morada ajena o un toque más allá de lo normal a tu esposa al subirte a un camión. Todos percibimos que nuestra vida era radiante, que no nos faltaba nada, la literatura popular nos lo recordaba, palabras de aliento de comunicadores o de intelectuales como Carlos Fuentes al servicio de la burguesía.

Nos hicieron sentir que vivíamos en hectáreas repletas de diamantes, libros que cambiaron nuestra actitud para bien llegando a millones, día a día, a través del periódico o de pasquines que nos incitan a rebelarnos sin éxito. La constante fue que nos vendieron la idea de que cualquiera de nosotros, proletarios, podríamos llegar a ser burgueses, dueños de un capital o medios de producción, si tan solo nos esforzábamos y orientábamos en esa dirección. No fue la idea de que llegásemos a ser ricos por obligación, pero sí que si podíamos alcanzar esa corona tal hecho nos haría mejores personas.

El ser vistos como buenas personas nos abre puertas, nos lleva al camino de los créditos y de las inversiones en donde otros te confían sus ahorros o herencias en la búsqueda de una ganancia. No hay quien simpatice con los pobres porque quizás por alguna causa inherente a su persona  son pobres. Nadie es educado en las universidades a disentir con argumentos, y es un argumento muy añejo que sus carencias  las merece, está en nuestras conciencias cauterizada como una verdad profunda difícil de borrar.

Eso es parte de la obediencia, una parecida a aquellos niños que al vivir en la calle los encuentran quienes los explotan como limosneros o como músicos buscando una moneda ejecutando una corta melodía. Los que viajaron de tan lejos en busca de una tierra que les diera trabajo fueron apañados por un grupo de policías que los condujeron a celdas donde los torturaron y los dejaron salir si sus familiares, a 4 mil kilómetros de distancia pagan una fuerte cantidad, o bien los liquidaron con mazos o con un balazo en el cuello en caso contrario.

Los que lograron escapar y fueron a trabajar lo hicieron muy desapegados de sus hijos, tan desapegados que al verlos por la noche solo atinan a acariciar sus frentes mientras duermen, se sienten desconocidos para sus hijos, la dignidad de los niños se construye con la atención de sus padres, la dignidad de los padres se eleva estando en el cumplimiento de su deber para con ellos.

Nos acompasaron con consignas de ser industriosos, creativos, fructíferos, que dejáramos de lado cualquier forma de desorden o vicio. Nos amenazaron con la muerte o con el exilio si no acatábamos tal ordenanza. Preferimos de todo corazón que  esta gobernanza respetara nuestra vida, que se abstuviera de hacer algo en nuestra contra, que no solo nos permitiera permanecer intactos, también que admirara la obra de nuestras manos, e hicimos todo lo que estuvo en nuestro poder por no ser pusilánimes e inútiles, aún más, nos alejamos del corrupto, del vicioso y desordenado, y cual fue nuestra afrenta que tuvimos que tragarnos el coraje de verlos crecer y prosperar, y nosotros hundirnos en el fango con toda nuestra descendencia.

Quien se dé el lujo de tener una cara feliz, de reír, aun después de recibir tanto latigazo, tanta bofetada, tanto de tus padres como de desconocidos en la calle, se ríe y está feliz porque no le queda otro remedio que sonreír porque llorar sería un triunfo para aquel que nos está probando y nos está presionando día con día con pruebas difíciles de superar.

Al serte negado el respeto y reconocimiento no queda más que cantar y bailar, contagiar a otros con tu risa, a esos otros que también reciben latigazos, algunos más que tú, otros menos. ¡Qué felices somos todos! Hacemos lo posible por aminorar los efectos de los fracasos como profesionistas, como padres de familia porque no hemos sido hallados excelentes en esos roles. Si tampoco pudiéramos alegrarnos un poco, de disfrutar una tregua ante tanto sufrimiento, nuestra identidad o imagen estaría pisoteada a más no poder. Nos parece que los azotes acostumbrados del día a día son mucho más variados que los momentos alegres que intentamos autoadministrarnos.

En ocasiones nos hemos dado un momento de alivio, respiro, de grito abierto que sale del pecho, un grito de reclamo, un grito de deseo de emancipación y la única posible sería la muerte. Si nos rebelamos de tal forma que apliquemos nuestra venganza en alguno de nuestros latigadores, como lo sería el banco que nos echa de la casa que no pudimos pagar, si optamos por escapar, hacia el norte o al sur, también allá nos persigues con perros que rápido toman la ventaja mutilándonos en pedazos y es cuando nos sentimos culpables también de habernos querido alegrar ante tanto castigo y escarnio.

En cuanto el alarido de nuestra desesperación se acentúa, al instante te caen más problemas y surgen más necesidades: un hijo que le da fiebre o un asalto, y no faltan las voces de espíritus que usando a personas que tú conoces como seres queridos te recordarán que tu tuviste la culpa, que te casaste sin terminar tu carrera y que ahora debes pagar por tus malas elecciones, aun cuando sabes que ellos cometieron cosas peores y su fortuna fue mejor que la tuya. Por más que los ignores estás condenado a escuchar sus ladridos.

Encuentras en tus seres queridos más burlas que ayuda real, esa ayuda que esperábamos de ellos con el tiempo descubrimos, por error o indiscreción, que se la dieron  a sus bastardos, esos por los cuales tu conociste la violencia doméstica cuando eras apenas un bebé, esos que provocaron que cayeras en el calabozo en el que habitas, esos son los preferidos de la fortuna, del buen destino, de tu misericordia. No solo descubres que ellos se ganaron el afecto de la naturaleza y de la buena estrella, también encuentras que ellos en todo momento están en la niña de tus ojos.

Al ir por la calle encontramos a otros que sufren de los mismos males, nos hermanamos con ellos como se hermana una ciudad con otra, sus hijos se hermanan con los nuestros hasta llegar a formar un club social en donde se discute entre todos la forma de solucionar las deudas y mala herencia que recibimos. La solución más viable sería el suicidio, pero intentamos ser muy románticos buscando soluciones alternas.

En un extremo de tu ira fuimos vendidos como esclavos y vivimos en tierras lejanas, en contra de nuestra voluntad, y le rogamos a nuestras esposas que nos enviaran por correo un mechón de cabello de cada uno de nuestros hijos para de alguna forma oler su presencia, atestiguar su crecimiento.  Cuando fuimos liberados y regresamos a nuestros hogares disfrutamos de nuestros hijos un poco tiempo, ya daban reconocimiento de padre a otro que nos sustituyó, a un prójimo mejor como le dijo el profeta a Saúl al arrebatarle su corona.

Nos hemos enfrentado a un monopolio de fuerzas desconocidas, quizás tuyas quizás del enemigo destructor, no lo sabemos a ciencia cierta, lo único que sabemos es que no pudimos pasar más allá de lo que se esperaba de nosotros, de lo que nos propusimos lograr, para lo cual gastamos mucho dinero en todos nuestros estudios, y empleamos horas de sueño en planear acciones y dibujamos planos y planes de todo tipo, cubriendo cada detalle, el único que no contamos fue el que  tu poder nos restringiera, se vino abajo la granja con las aguas, se cayó el tendajo, nos vaciaron la casa y se llevaron el equipo que tardamos años en adquirir para ir a parar a una casa de empeño, y ocasionalmente esas fuerzas también fracasaron, llegamos a nuestro negocio y encontramos un intento fallido por incendiarlo.

Tuvimos que retroceder en nuestras empresas, aun sabiendo que teníamos la capacidad para enfrentar cualquier adversidad, pero fue muy difícil enfrentarse a fuerzas que no son de esta dimensión. No era opción agotarnos internamente, se nos exigió que aun a pesar de todas nuestras angustias siguiéramos adelante con compromisos contraídos y con penas que estaban más allá de nuestra comprensión.

Las tentaciones dejan de serlo, cuando más agobiado te encuentras, pero supiste que no era por falta de concupiscencia, solo era tener un exceso opresión. Tu cuerpo es más sólido ante tanto sufrimiento, tu alma pierde el equilibrio en ocasiones pero es gruesa, tan gruesa como la capa de chapopote que recubre el techo de una casa.

El azoramiento por pasar malos momentos es la causa. La medida de  todos los dolores que hemos padecido corresponde con la queja que se esperaba que nuestros labios profirieran, en forma similar la medida de los alaridos que emiten los que ya sufren los tormentos del infierno también coincide con lo que se esperaba provocara la temperatura de ese horno de llama humeante eterna, y, ¿qué se gana quien tortura con quemarlos eternamente?

Personificas las aspiraciones de muchas genialidades pero son consideradas  superfluas, lo único requerido hacer era mantener la cabeza en alerta para esperar el martillazo en la frente, el tormento, aún sin haber cometido nada malo. Pusiste en las pantallas de televisión imágenes que nos hicieron dudar de ti, platillos voladores y datos que apuntaban a una edad del universo más allá de la precisión de tus escrituras, pero solo pusiste esos anzuelos para picar y caer en el error, saber si podríamos quedarnos con lo que nos dices.

Aderezaste nuestra existencia con tantas teorías de hombres de diferentes latitudes para al final decirnos que solo un libro es requerido leer. Nos excusamos de atravesar nuestro peregrinar solo con tu libro en la mano porque nos pareció irresistible encontrar otras verdades en todo lo que pusiste en nuestro paso por bibliotecas y almacenes ocultos, esotéricos y enterrados en el fondo del mar.

Un simple accidente de un enemigo de tu pueblo fue más importante que miles de aportaciones de hijos tuyos. Hemos visto cómo el enemigo puede más que nosotros, los que hemos dado para el mundo todo lo que le puede ser de ayuda y beneficio. En un abrir y cerrar de ojos sube a la fama todo aquel que no proporciona bien ni para los suyos menos para los extraños. Nos falló la mano cuando quisimos blandir la espada por un movimiento inesperado de tu voluntad y caímos ante el embate del enemigo, no que fuéramos débiles, somos mejores que nuestros oponentes pero algo misterioso ocurre cuando desenfundamos que hace que resbale la espada y seamos atravesados con la del contrario.

El petróleo que nos pertenecía nos lo quitaste por regulaciones internacionales y nos forzaste a comprárselo al ladrón al precio que más le pareció doloroso a nuestro presupuesto. Cuando protestamos por nuestros derechos permitiste nos conocieran como anarquistas y cuando nos acostumbramos al mote nos confundimos tanto que dejamos de considerar la vía de nuestros derechos una vía legal para mezclarnos con los que operan en la ilegalidad.

Somos un pueblo con los mejores talentos en el universo precisamente por ser de tu creación, y sin embargo has permitido que nos traten como  un muladar. Ni la antigua Grecia, con sus muchos filósofos y matemáticos podría presumir de tantos talentos como nosotros, por todos sabido que la cultura helénica es la más gloriosa de todas las que hubo y hay. Nuestro arte es maravilloso, nuestros cantos, danzas y cerámica, la precisión de nuestros joyeros y relojeros y la melancolía de nuestras anécdotas. Si al enemigo le quitamos el permiso que tiene de tu mano de destruir y de espumar millones de veces sus botellas de champagne se mostrará en pantallas panorámicas  la mano de tu obra en nosotros, pero prefieres que aparezcamos como unos pusilánimes y que el enemigo se alce con la victoria.

 

 

 

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