Coaching y acompañamiento intelectual

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Coaching y acompañamiento intelectual

(Filosofía de la Organización Profesional Docente)

He tenido el buen tino de tocar un tema abordado por muchos y favorecido por pocos, y aún menos han sido los que con su aprobación lo han adoptado, el coaching y acompañamiento, muy de moda entre los maestros en muchos sistemas educativos de otros países, poco conocido en el nuestro, habremos notado que esta acción llena de responsabilidad social apenas se conoce. Se aborda en exceso  los errores y  las fallas del estudiante, del maestro novato, del recién graduado en cualquier profesión, y como el empleado de mayor antigüedad, que también faltas comete, errores tiene, conocido por todos es que de esos errores sí  guardamos silencio,  dejamos la cuestión a medio discutir y la obra del más instruido y diestro la dejamos inconclusa en sus partes. Parecería  no nos atrevemos a decir la verdad más que de esos errores de quienes llamaremos “sujetos susceptibles de recibir acompañamiento”; acción que por principios de cuentas podría dar contentamiento a esos que se creen muy diestros y que no lo requieren. Cuando observamos sus errores los  adulamos  con nuestro silencio, cosa tan ajena a nuestro carácter, porque nada hay que le guste al ser humano que criticar la obra ajena. Por todas vías execrable la mentira calculada, la  adulación, la simulación por el amiguismo o cualquier otra forma de complicidad. Debiéramos procurar contribuir a que se perfeccionen todos por igual, sin embargo, por temor de provocar   ira en quienes creen tenerlo o saberlo todo, por evitar su desprecio , uno muy merecido por este atrevido entrometimiento habremos de dedicar nuestros esfuerzos en acompañar solo  a quienes lo requieran.

La hora  de reagruparnos entorno al conocimiento es la más apropiada, el peligro nunca lo hemos palpado precisamente por tener pies presurosos para la relajación y la diversión, las conciencias rectas

deben agruparse en pro del crecimiento generalizado de un gremio, las voluntades firmes  deben formar cuadros de honor para distinguir a quienes darán acompañamiento, y todo el que tiene alguna aportación, algún conocimiento o habilidad, pasar al frente, publicarlo, hacerlo a título personal y en colegiado, decirlo muy alto y con frente erguida, porque hemos llegado a tales extremos de  confusión y locura, que los que dirigen el sistema, ya sea el educativo, el financiero ven en la falta de conocimiento en las muchedumbres, su fuerza, a diario monitorean buscando símbolos  de debilidad,  de imagen pobre, de egoísmos y divisionismo en los colectivos de una profesión, como por ejemplo la docente,  y tienen la increíble pretensión, no sólo de dictar las leyes que nos opriman y nos aniquilen, sino también de que les rindamos respeto absoluto: ¡ por aprobar esas mismas leyes que presumen como peticiones de  vox populi¡. Por estas y otras muchas razones, creo, que el silencio no es prudencia, sino cobardía; que no es hora de poner mordazas al coaching cuando el error de los profesionistas  se pregona con tantas trompetas, y que si los jóvenes tienen errores por su inmadurez, esos errores dejan muy mal parados también a los más avanzados.  Es ilógico que privilegiemos el arte de destruir a los que no tienen nuestra experiencia, en lugar de ayudarlos a levantarse de sus errores, preferimos la polvora a la paz temiendo que el que está en los primeros escalones llegue hasta el piso en el que nos encontramos cómodos.

Solo los ricos, las personas acomodadas, no suelen meditar mucho sobre sus deberes ni consultar muy detenidamente su razón, sus conocimientos  su conciencia para cerciorarse de que están actuando correctamente; así que si no estamos en las clases acomodadas nos corresponde ayudarnos unos a otros en lugar de defenestrarnos porque el hacerlo representa una destrucción de nuestro carácter humanista. En el arte del mutualismo, los empleados diestros dependen de los novatos, y viceversa, el cumplimiento es exigido por igual, los méritos muchas veces distribuidos en forma inequitativa, error estadístico dirían algunos, el verdadero valor del error no está en la lógica ni en el raciocinio, está en la diferencia de las dificultades que enfrentan, las facilidades que tienen los empleados con alta experiencia no son facilidades difíciles de alcanzar para los de nuevo ingreso, son solo distinciones que han alcanzado con el peso de muchos años… y de muchos errores cometidos.

La responsabilidad moral de un error es inherente a cada miembro de una empresa, por lo mismo se requiere que se interesen los de mayor conocimiento en los novicios. No se puede enseñar la predisposición a ser honestos pero sí es posible dar exhortaciones  sobre las consecuencias de la falta de esta integridad. Muchas situaciones de carácter ético se presentan en la vida cotidiana de una empresa, de una institución, por lo cual se requiere de un permanente diálogo entre los miembros de una comunidad, y de asesoría con agentes externos para que la empresa pueda mantenerse íntegra.

¿Qué enseñará el que nada sabe, o qué consejos dará quien necesita de ellos? Todo aquel que está expuesto y cercano a cometer error no está en capacidad de corregir a otros, porque para llevar un coaching a quienes están faltos de medios, primero han de asegurarse de contar con recursos y prestigio para impartir. La mayor dicha de una persona es la que siente al compartir con otros todo aquello que le sobra, sin embargo no podemos dar tanto que provoquemos en los que reciben una actitud de pasividad y de falta de sustentabilidad. La virtud supone esforzarse, padecer combates, vencer dificultades, llegar a cubrir necesidades básicas, sin llegar a pedir prestado, todo lo que vivimos día a día lleva por fin alcanzar un estado de perfección en el cual la mayoría de nuestras acciones sean merecedoras de la admiración incondicional. Quien carece de lo más necesario incurre en el peligro de que su dignidad sea vulnerable por enlistarse con los que dan soluciones fáciles o utópicas. Se puede carecer de todo pero no de objetividad, si contraes deudas y cuentas con una buena instrucción y coaching puedes salir airosamente de ellas, no escucharás el mal consejo del hambre, de lo contrario extraviarás tu conciencia  y la ansiedad encenderá  pasiones.

El buen coach no recurre a fórmulas exteriores, a prácticas mecánicas o mantras publicadas en libros de autoayuda como los de Carlos Cuauhtémoc Sánchez. El señor de los consejos hechos en una fábrica en serie, que repite anécdotas sacadas de un bar o de otros libros, palabras o experiencias cuyo sentido fácilmente se pierde o se olvida, la consejería como industria está repleta de preceptos que verbalmente se respetan, pero que en la praxis se quebrantan.

No lo puede dar un religioso ni un conferencista que va tras sus honorarios por cualquier charla, el buen consejo se arranca de lo más profundo del corazón y de lo elevado de la inteligencia, la cual tiene manifestaciones exteriores como señales de lo que en el interior existe, no para suplirla; palabras que se invocan no por convencionalismos, palabras que ayudan a aspirar a la perfección y elevar a la prosperidad.

Es requisito indispensable la preocupación de sentirse incompleto, inacabado para moverse a leer, a inscribirse en un curso, una asesoría o consejería. Quien no reflexiona en este aspecto en su trabajo, en su profesión, en su oficio, quien no acompaña su caminar y su conciencia con la vara de la medida del conocimiento, por más inteligente que sea muestra una decadencia en sus costumbres, el primer síntoma de esta falta es el dejar de escandalizarse ante la deshonestidad, propia o ajena, la desenfrenada afición al juego o a la diversión dejando para otro día la reflexión y la diligente adquisición de valores agregados.

La pérdida de interés por el crecimiento personal está haciendo más daño a las personas que la falta de oportunidades. Priva de recursos para realizar obras que son requeridas para la construcción de un patrimonio personal y nacional, mientras que pavimenta el camino para que otras voluntades enajenen la propia. Si el marido, el padre o el jefe se jacta de su ignorancia, la casa o la empresa entran en déficit por esa misma indiferencia ante un entorno cada vez más competitivo. Comencemos por aceptar que conocemos mucha gente a nuestro alrededor que percibe el crecimiento personal y económico como algo baladí.

Se observa en aquellos que no ven lo que pasa en su propia casa, se palpa su ceguedad no en el hecho de no encontrar en sus haberes artefactos nuevos o patrimonio de reciente adquisición, sino en el hecho de observar su estancia cómoda en una esfera económica en constante cambio y acecho de nuevas condiciones o paradigmas.

El crecimiento personal es muy importante porque impacta en lo social, es muy  grave y pestilente la humana sensación de pobreza de los individuos indiferentes porque la pobreza moral que trae se refleja en la violencia intrafamiliar, en el incremento en los delitos de todo tipo, es el intercambio de retos por fracasos,  de metas por gusto en el enanismo espiritual. Y nadie acierta a decir qué es lo que realmente sucede.

En todas las capas o estratos de la sociedad hay individuos indiferentes ante su propio crecimiento, tanto del que juega irresponsablemente en la bolsa de valores como el que juega su jubilación en los casinos. La enfermedad es esencialmente la misma, se le tiene por imprudente, por poco entendido, pero también al que gana al arriesgarlo todo, por muy diestro o afortunado que parezca carece de entendimiento, porque quien gana  al jugarse el todo por el todo, sin importarle sus descendientes no es mejor que el que pierde todo. En el juego de la bolsa la mayor parte de las veces se gana mirando las cartas del contrario o arruinando en forma intencional los derechos que adquieren los dueños de títulos de empresas de pobres resultados. Son artimañas que hacen del jugador un monstruo, mayormente si se trata de fondos públicos, vende o compra engañando a sabiendas que el comprador o vendedor con el que trata está a un paso de ir a la ruina.

En suma, sé que la posición social es algo inextinguible, un mal que separa a los hombres, pero se busca que el coaching sea la razón para saltar  tal distinción, y no el dinero o los recursos materiales, los medios de producción. No hace mucho tiempo que los pobres eran como rebaños o bestias de carga, sin voz, ni voto, ni derecho: no es posible que borren de pronto las señales del yugo, y pasen de la abyección a la dignidad, ni que los señores, en una, ni en dos, ni en cuatro generaciones, puedan limpiarse de la lepra de injusticia transmitida en triste herencia. Es preciso tener a raya las impaciencias

imprudentes, aunque sean generosas; no se camina de prisa hacia el bien; no hay progreso, si merece tal nombre, que no sea lento; la ley es dura, pero es ley. No aspiremos, pues, a que en un día ni en un año pobres y señores depongan sus mutuas prevenciones, y fraternicen; pero debe procurarse que, en la medida de lo posible, se aproximen suavemente por las vías del conocimiento que se traduce en justicia, en vez de chocar por los caminos de la iniquidad. Se decreta la igualdad ante la ley; buena es, o puede ser, según los casos, pero aun en el más favorable, vale poco en lucha con la desigualdad ante la opinión, que es un gravísimo obstáculo para la fraternidad. Las diferencias, cuando son, o se creen, esenciales, producen alejamiento. Los seres se unen, se armonizan, se aman, a medida que se asemejan, de tal modo, que identificarse, es decir, tener un modo de ser esencialmente idéntico, equivale a unirse, amarse, confundirse, por decirlo así, en un solo ser espiritual y afectivo.

La fortuna, que así se llama al dinero, da no sólo derecho a las comodidades, a los regalos, a los goces, sino también a los vicios caros y a los escándalos lujosos; al que paga mucho, la opinión le sirve haciendo cortesías y con el sombrero en la mano, encontrando un no se sabe qué de excelente, que la fascina, en todo aquel que hace brillar a sus ojos muchas monedas de oro: es horrible, pero es cierto; parece una ramera, cuyos favores son para el que puede comprarlos. Favorecidos por ella los derrochadores, viciosos o criminales, llevan muy alta la frente, con tal que puedan pagar mucho, encontrando muchas personas que los envidien, y pocas que los desprecien. Es un axioma sancionado por la conciencia pública, que el modo de gastar lo que se posee no tiene más regla que la voluntad de su dueño, que hará unas veces mejor, otras peor, pero que siempre está en su derecho.

El exceso en gastos es la causa de muchos males, pero es solo un reflejo de la ociosidad de un alma, que podría estar centrada en el crecimiento interno espiritual, en la reflexión y el conocimiento. Los lujos por todos es conocido que son capitales mal utilizados, no crean fuentes de trabajo, ni dan de comer a nadie, tuercen el carácter humanista de la actividad humana. Los capitales mal usados generan escándalos financieros y provocaciones de los que menos tienen, pero los cambios caprichosos de quienes los ostentan generan violencia entre los menos favorecidos. También el capital intelectual puede endurecer o hacer que se corrompa el corazón con tanto crecimiento, para ello debe procurarse un equilibrio en su adquisición. Toda economía ha dejado con las manos vacías a los desdichados, que ya no tienen lágrimas para derramar por su condición desigual, por su desventura.

Después de siglos de vivir entre la miseria, de contribuir a la producción de la riqueza que amasan unos cuantos, las masas irritadas insultan, se unen a las filas de los enemigos públicos y cuando son detenidos por la justicia atribuyen a un sinfín de causas de diverso origen la razón de su tragedia. Y su tragedia no es otra que no haber sido guiado, no haber recibido el suficiente consejo, un consejo que corrobore el raciocinio, no un “sermonismo moralista” ni un coaching utópico. Cuando te desmoralizas y te depravas huyen del alma los generosos sentimientos, se crea un oasis de mezquindades y se abren las puertas para una falsa abnegación. El hombre que pudiendo hacer un bien dando un consejo, una asesoría a otro,  no lo hace,  se une a las filas de mezquinos y egoístas.

Detrás de esos muros que construiste con tu éxito, de ese andamiaje que se instaló para pintar tu casa, hay huérfanos, que perdieron a su padre en esa construcción, que murió por aspirar el plomo o el asbesto al instalar el techo, esos hijos en un futuro han jurado no ejercer el oficio de la albañilería para no caer en la misma suerte, hijos de fogoneros y maquinistas que sufrieron la ausencia del padre y ahora esperan tener otros estudios y, después de recibir su mención honorífica,  debieran mantenerse en el camino del estudio o del coaching para despuntar más del pasado que los persigue.

La compasión debe ser una característica de un pueblo civilizado. Es totalmente desconocida en pueblos ancestrales bárbaros, de hordas salvajes, ahora es voluntaria en tiempos actuales mediante la instrucción de oficios, de misiones culturales como las que instituyó el ateneísta José Vasconcelos. En las sociedades y en los individuos la perfección moral solo se da en la concurrencia del crecimiento personal de la suma de todos y cada uno de los integrantes de esa sociedad. Es reconocer el deber de un mayor número de deberes, y un menor número de ociosidades y dispendios. No hay duda que la mayor obra de la justicia es elevar el entendimiento generalizado de la sociedad que produzca la eliminación  de las imperfecciones evitables en la máquina social, porque ya es mucho tener que lidiar con los errores inevitables de la población como lo es la falta de cortesía y cumplimiento de obligaciones, como para también tener que tolerar el devenir de una voluntad torcida, tal vez alfabetizada pero que en su desarrollo solo da muestras de disfuncionalidad, en la casa, en el trabajo, en las relaciones interpersonales, en el peculio, y. en una última instancia, en la producción de riqueza de la nación.

Si los que requieren coaching no se dan cuenta de esa necesidad, no es por falta de tiempo ni porque haya obstáculo ni imposibilidad material. La imposibilidad es moral, está en su voluntad, que no puede moverse hacia lo que no puede apetecer, ni apetecer lo que por completo desconoce. El mundo de la inteligencia es como si no fuese para el afanoso o el proletario rudo, no sabe que existe, y si por acaso le percibe entre lejanas brumas, ni puede desear llegar a él, ni en caso de que lo apetezca, puede parecerle posible la realización de este deseo. Comprendo la dificultad de inspirárselo, y de que, a pesar de los mayores esfuerzos, el que a los veinticinco años es completamente ignorante, no podrá ser a los cincuenta verdaderamente instruido, no por falta de tiempo, sino por no adquirir lo que podríamos llamar hábitos intelectuales, los cuales aparecen con el tiempo cuando le dedicamos tiempo a nuestro espíritu.

Esto no quiere decir que se deba desistir de buscar dar instrucción y coaching o acompañamiento a las clases más bajas o a los que están muy ocupados con cumplir con su jornal. Si el coach une las lecciones con ideas que puedan entusiasmar,  de recursos visuales, o formas innovadoras de interactuar, cosechará grandes frutos en aquellos que pareciera que jamás podrían interesarse en renovarse o darse una segunda oportunidad para aprender algo nuevo. Los adultos pueden ser dóciles como niños y suplir hasta cierto punto con la voluntad la falta de costumbre de ejercitar el entendimiento.

La igualdad absoluta es un absurdo, pero la desigualdad exagerada, otro. Que fuesen igualmente retribuidos el ingeniero que dirige un puente, el picapedrero que labra la piedra, y el bracero que lleva una carretilla, sería injusto; pero tampoco hay justicia en que la diferencia de la retribución sea tal, que el uno pueda tener lujo de lo superfluo, y los otros carezcan de lo necesario. Sin duda, la dirección facultativa es más difícil y meritoria, pero no es más necesaria, téngase en cuenta, que la ejecución material, y si de un camino no se puede suprimir el trazado, tampoco el movimiento de tierras. En las demás profesiones sucede lo mismo, y sucede aun más, porque las diferencias intelectuales son menores, a veces no existen, a veces están en razón inversa de las retribuciones, lo cual es cómodo para los favorecidos, pero poco conforme a la justicia.

Como la sociedad no puede existir sin trabajar, sin que se hagan todos los trabajos necesarios, todos se ejecutarán. Aunque se levante mucho el nivel de la instrucción o coaching, quedarán desigualdades

naturales y sociales, y necesidades perentorias; los que sepan o puedan menos, harán la faena más ruda, y si la hacen en mejores condiciones, tanto mejor para ellos y para la justicia. Cuando la instrucción se generalice, la ignorancia no podrá aspirar a los primeros puestos en ninguna línea, ventaja que no necesita encarecerse. Si llegara el caso de que ciertos trabajos no encontraran operarios; de que, por ejemplo, no hubiera mujeres que en húmedos sótanos tejieran, rivalizando

con las arañas; ni hombres que contrajeran enfermedades sumergidos en el fondo del mar en busca de cierta clase de ostras, no creo que sean indispensables para la prosperidad y el buen orden las perlas de Oriente y los encajes de Bruselas.

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