Reflexiones pedagógicas sobre Emilio

Alumno aburrido

Una existencia errabunda en la que predomina la admiración de los paisajes y de las cosas sencillas interrumpida por las reglas y la sanción es la historia de la vida de nuestros alumnos, de Emilio. Expondré en esta nueva serie de reflexiones, con un afán por huir de la anarquía, las peregrinaciones que hice al final del día, después de cumplir con mis obligaciones educativas, entre pilares, capiteles, retablos sagrados del conocimiento quisiera vivir pero la responsabilidad no lo permite.

Hay muchas críticas a la labor educativa, en ocasiones por parte de los padres de familia, en otras por los medios, con mucha suerte se involucran en el debate los investigadores e intelectuales, finalmente nadie pone atención a yerros, nada minúsculos de burócratas y sindicalistas y son ellos la causa de nuestro padecimiento, con sus pérdidas irreparables en sus acostumbrados peculados o por su incumplimiento con la imaginación, calidad y laboriosidad requerida por la importancia de sus puestos.

Siendo que desde hace 15 años se ha instaurado en el núcleo de las políticas internacionales para la educación la acción de escudriñar y federalizar lineamientos en cada acción o comportamiento que se ejercite en el aula, conviene hacer una pausa moderada para invitarnos a leer Emilio de Juan Jacobo Rousseau. Es posible que de pronto me vea poseído con las palabras de mi maestra conferencista la Doctora Ikram Antaki. Fui su Emilio.

Ante el rostro airado de algunos transeúntes desempleados que observamos en la calle en el medio de transporte nos preguntamos si hizo falta colmarlos de bienes espirituales en su primer edad para que no caigan en la envidia y la desesperación que se produce al acercarse a sus semejantes que gustan de presumir de bienes y ropa cara, una mayor disciplina en su actuar para que en el momento de vacas flacas les fuera difícil dar con la puerta que conduce a la delincuencia. Es el tipo de microacciones que los verdaderos maestros ejercen día con día y que nadie les agradecerá y mucho menos observarán en el manual de desempeño las autoridades encargadas de la evaluación de la labor docente. La pedagogía habitada por la filosofía da grandes progresos y cierra puertas a la desesperación.

En el orden de la civilización muy poco de los afectos naturales caben, aun cuando estemos resentidos contra la autoridad o nos haga retorcer el hambre los ciudadanos somos viles esclavos al servicio del orden republicano, aun donde solo sea una ilusión su existencia como en nuestro país en tiempos recientes.

Las balas, reales o de goma están listas apuntando en nuestra dirección debemos recordarle a Emilio, vivirá de esta forma, en una senda de contradicciones, forzados a seguir impulsos, fluctuantes y combatiendo en muchos frentes, viviendo bajo referentes de los demás pero no de los propios, si logramos que el alumno entienda que recrearse sin equilibrio en sus pulsos de hombre natural se paga siendo llevado a la masacre, a las tierras sagradas de los vencidos, que su lucha en la vida ciudadana será la lucha del que viaja en un navío que atraviesa el vendaval del huracán, el mar alborotado, que será preciso aferrarse al mástil, en ese momento le presentaremos el camino del olvido de sus pasiones desordenadas, del esfuerzo de resistirse con valentía inusitada para que no perezca en sus deseos.

Cada niño tiene su forma peculiar en la cual puede ser gobernado, es necesario observarle bien antes que regañarlo, dejando primero que manifieste con entera libertad la forma de su carácter, no pienses que es una negligencia observarle bien primero y después tomar acción correctiva, es mejor dar un tiempo para determinar que curso de acción tomar con un alumno, que equivocarse por la prisa de tomar una acción y tener que regresar atrás a diagnosticarlo, te hallas mas lejos de la meta deseada, no debemos hacernos como el avaro que evita perder mucho por no querer perder nada. El niño ocupa del consuelo y después del regaño.

Ellos comentan con sus padres, o entre ellos mismos, muy en su modo, y no atinan en formar un sistema para entender todos los sermones que les damos. Muchos hemos hecho la prueba, tratamos de escucharlos después de aleccionarlos y observamos un extraño giro muy diferente al raciocinio que le expusimos, una visión confusa, trastocada, es entonces que nos vemos obligados a callar o a callarlos, si decidimos entrar en silencio es como un triunfo para ellos, es entonces que termina el proceso de instrucción y se da inicio a un debate que no debe existir con ellos.

En todo lo que se les diga tendrán algo para refutar. Es por eso que no debemos darnos prisa a obrar irracionalmente en el sermón y el regaño, hacerlo es como ocupar la vacante del tentador que al querer explicar a la inocencia la ciencia del bien y el mal y al no ir acompañada por el buen ejemplo se imprime en el espíritu del niño una fijación en sus pasiones, mas no en la norma moral.

Como maestros debemos recordar que nuestros pensamientos y afectos se conocen mejor cuando se les relaciona con nosotros mismos, no con los demás. Los movimientos naturales que más nos interesan son los que nos dan bienestar, la primera vez que experimentamos la nocion de justicia no fue cuando se nos reclamó cumplirla, sino cuando se nos negó, no entendimos la obligación cuando se evitó hablar de nuestros derechos, no entendimos las necesidades de otros cuando se les dio prioridad que a las propias. No podemos hablar demasiado sobre nociones que con el tiempo irán entendiendo, no es conveniente atestar la cabeza de los niños y adolescentes con palabras que no tienen significación alguna para su incipiente entendimiento.

Al presentarle el mundo de la moral tenemos que hacerle ver el castigo como una consecuencia de sus actos y no como una pena corporal, el vicio entra cuando le presentamos las convenciones y obligaciones porque nacen la mentira y el engaño, porque por naturaleza todos tenemos el instinto de ocultar aquello que no debimos hacer, violamos la norma con impunidad al sentir que carecemos de inmunidad y el recurso mas natural es el de esconderse y mentir. Lo obligamos a que mienta por lo que hizo y también que mienta al prometer que lo evitará, tan solo por el miedo al castigo.

Por lo tanto la mayor parte de las mentiras de los pupilos son producidas por un mal tratamiento de la moral por parte de padres y maestros.

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