Tantos tontos típicos dichos actuales

Cinco-refranes-que-la-neurociencia-puede-explicar

Daré de mi muy buena voluntad un  ojo por recopilar todos los dichos sin sentido y sin lógica que repetimos diariamente a veces sin darnos cuenta, a veces por pereza, y otras por puro gusto. Hacer todo de muy buena gana es la constante en quienes nos preocupamos por los demás, por repartir notas y mensajes de apoyo, de difusión, de concordia o de crítica constructiva.

Que no tener buena gana o hacer algo de buena gana es el equivalente a decir ahora: Esa es la actitud,  causarte admiración algo es  lo mismo a  decir: No pos wow ¡de una manera cómoda o perezosa. Censurar en silencio  era muy común hacerlo en tiempos pasados pero ahora solo decimos:  calladitos nos vemos más bonitos, como si las personas que callan por prudencia  fueran las de mejores facciones simétricas o los menos revoltosos o rijosos por tanta queja y protesta cuando se nos viola nuestra nuestros derechos.

Quejarse lastimeramente ha sido sustituido por un dicho muy común que es el de lloriquear por los rincones. Estamos de acuerdo con seguir  en la nómina de los que meten ruido a nuestro idioma, atrayendo vocablos o dichos extranjerizantes, pauperizantes, vandalizantes, o estamos en la nómina de un castellano aljamiado.

De la forma de hablar surge el pretexto para hostilizar a quienes no hablan como nosotros lo hacemos. No es ese el propósito de este ensayo, de atacar a alguien o de no ser incluyente, mas bien el de señalar que no podemos caer en la pereza intelectual poniendo por pretexto la inclusión y la no agresión a la otredad en el lenguaje.

Tampoco se trata de tener un idioma sinagogal en el que solo aquellos que practican la hexégesis del lenguaje tienen derecho a expresarse porque lo hacen de la forma más correcta posible. Si expulsáramos de nuestro entorno a todos los que hablan de forma perezosa nos quedaríamos solos hablando con los muros aquellos que nos gusta hablar tratando de usar las expresiones, sino las más rebuscadas, si las que tradicionalmente dan un mejor sentido a lo que queremos comunicar.

Con el riesgo de ser empecinado en usar la materia gris para poder construir nuestro lenguaje es posible que nos pudieran echar a la hoguera por puristas o santiguarnos en lo lingüístico y gramatical. Si yo digo que tengo dudas serias de la sinceridad de alguien, la forma de decirlo con pereza sería la de: ¿A poco? Si bien es cierto que es más cómodo y conveniente decir estas expresiones cortas también es cierto que vamos asesinando lentamente nuestro idioma.

Una cosa prohibida para los árabes era el cerdo. Por eso mismo lo conocían como “mahrán” que significa cosa prohibida, y por la inclusión en nuestro lenguaje pasó a ser “marrano”. Los obispos decían que los pueblos conquistados tendrían necesidad de recibir las leyes del conquistador, y con ellas su lengua. La no aceptación de los requerimientos de los españoles les confería automáticamente el carácter de una “justa guerra”, de matanzas y saqueos. Eso mismo está aconteciendo cuando aceptamos meter vocablos, expresiones y  frases que los vándalos o delincuentes nos han obligado a adoptar como “el derecho de piso”, darle piso a alguien, hacer un levantón o “fierro, fierro”. Frases prohibidas para quien desee tener una vida digna y llena de plenitud.

Los romanos latinizaron con mucha rapidez y sin necesidad de tanta violencia a la península ibérica. Los moros arabizaron profundamente a España, con mucha violencia tal vez, pero los españoles lo aceptaron de muy buena gana a tal grado que en España se llegó a escribir un árabe tan bueno como el de Bagdad o del Cairo. Pero las noticias que tenemos de la facilidad y gracia con la que los americanos aprendieron el español son muchas. Sin embargo ni la cristianización ni la hispanizacion del Nuevo Mundo fueron completas.

Muchos de los vocablos y expresiones que usamos en México son netamente de origen natural de estas tierras. No tuvo mucho caso que se imprimieran libros en los dialectos de los naturales americanos porque no tenían acceso a oportunidades en el ejército o en la institución romana. Es por eso que se perdió la mayor parte del conocimiento y gramática de los cientos de lenguas americanas naturales. Desechamos las lenguas nativas, el helenismo, y nos quedamos con las concepciones bárbaras y soberbias de los españoles, tan desechadas hoy en día, en su mayoría,  en el ambiente europeo.

Llega también a nuestro inventario gramatical la reeticencia que es el arte de decir las cosas sin querer decirlas, o incluso sin decirlas. Cuando decimos: “y no digo más” estamos usando la reticencia. El fruto espontaneo del entusiasmo, la corta respiración o la falta de energías para hablar que acontece durante la reticencia no debe confundirse con la pereza de quienes usan expresiones típicas que ningún sentido tienen. Ni que decir de las muletillas o las expresiones con las que nos apoyamos dándonos valor para expresarnos en una deposición, declaración o disertación.

Lo que celebramos debe tener las mismas proporciones a la hora de buscar las palabras para celebrarlo. Impotencia siento cada vez que voy a una fiesta de XV años y le dan el micrófono a la quinceañera o a sus padres, o peor aún,  a una inspectora que se le da el micrófono para que dé unas palabras a los graduados y no sabe qué palabras usar, ni cómo transmitirles la emoción y motivación mediante una apropiada o adecuada felicitación.

Sin caer en exagerados sentimientos de honra, orgullo o gallardía es posible hilvanar algunas cuantas expresiones, llenas de sentido y de contenido afectivo para quien en ese momento estamos dedicando un momento de admiración, veneración o respeto, celebrando con ellos el gusto de obtener un grado o un aniversario más.

A quienes buscamos purificar nuestra forma de hablar o nuestro inventario, se nos  acusa fervientemente de poseer un  sentimiento urgente por elevar el lenguaje quizá  como una ostentación de ortodoxia, donde confluye una emoción lavativa de quien si antes era un don nadie, ahora es quien está escalando peldaños y desea rechazar su manera de conducirse en el pasado, de aquella época en que se carecía de todo y ahora hasta tiempo se tiene para corregirse, para ilustrarse más o adquirir más propiedad y formalidad, no solo en el lenguaje, también en otras actitudes, porque   en tiempos juveniles no se tuvo el suficiente cuidado por la pesadez de las cargas y obligaciones. Esto es algo encomiable.

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