La guerra entre los sexos

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Los postulados éticos que nos hemos fijado como profesionistas se deben cumplir por ambos sexos. No tienen necesidad las mujeres de caer en situaciones oscuras y extraordinarias para beneficio propio o de un grupo de personas que estén detrás de ellas. Las mujeres forman parte de los elementos más bellos de la naturaleza y de la creación.

Hablar mal de ellas suena a pecado y no forma parte de nuestras cualidades como caballero. No puedo acusarlas de estar detrás de momentos clave que hayan cambiado para mal el rumbo de la historia, todo lo contrario, las mujeres han hecho su tarea en el devenir de los acontecimientos para llevarnos a un punto de madurez, de modernidad, de amor.

Sin embargo, encuentro una contaminación, sin distingo de sexos, en la interpretación de la ciencia ética tanto en la formación como en el desempeño de la sociedad.

Ni mujeres ni hombres nos detenemos a hacer reflexiones morales sobre nuestro actuar por miedo a rebajar la utilidad que esperamos de un negocio. Los deslices que tenemos, muy a menudo, no se deben a confundir nuestro estado de ánimo con nuestros propósitos, se deben a que carecimos de prácticas éticas en la formación que tuvimos durante nuestro espacio escolar desde la primaria hasta la universidad. Todo lo que tuvimos fue teoría y disertación.

En lo que se refiere a la praxis ética parecimos y parecemos desquiciados dibujando castillos en el aire. Mientras que las mujeres intentan imponernos su visión matriarcal a través de una catequesis basada en exageraciones y dramas clericales con el que se controlaba a los nativos americanos, los hombres, por inercia, intentamos cerrarles el paso a sus oportunidades requeridas, en ocasiones a tal grado de perpetrar el crimen perverso del feminicidio.

¿Por qué habemos hombres que no nos preocupamos por conocer a fondo a las mujeres con las que tratamos? Con el paso de los días o los años vamos descubriendo sus últimas intenciones de manera penosa a través de extrañas experiencias y en vano intentamos emular su endémico sigilo para entender sus intenciones inexplicables, de sus sombras corpóreas, impredecibles y parlantes, que naturalmente pasan junto a uno inadvertidamente, continúan su trayectoria para terminar envolviéndonos en sus enredaderas. Que Dios ampare a quien tenga que hacer tratos con mujeres faltas de ética, pero ninguna ventaja tienen ellas con nosotros los hombres con esa misma precariedad, la única diferencia es que nuestros actos deleznables sí son previsibles para ellas.

Existe un mayor conocimiento de la mujer sobre los actos masculinos. Las mujeres aborrecen al hombre cuando están despiertas o con una consciencia expandida, pero cuando están dormidas, enamoradas o hipnotizadas se dejan llevar por él.

Si bien es cierto que en el actuar de las mujeres no se percibe una regularidad de una mente matemática como en el hombre, hay mujeres que sí logran encarnar esa virtud, o al menos lo imitan con propiedad.

Las mujeres son amateurs a la hora de salirse con la suya, son capaces de hacer trampas pero dejan un hilo conductor hacia sus deleznables actos porque el hombre se encarga de mostrarse con supremacía en la conducción de la trampa y el bochorno del acto vergonzoso.

En la conducción de la trampa, la mujer solo es capaz de ayudar a los afeminados, a los ineptos y a los débiles de espíritu. No existe una máquina para leer el pensamiento como la que menciona en su ficción André Maurois pero si pudiéramos leer los pensamientos de hombres y mujeres encontraríamos que los hombres piensan con palabras y las mujeres con acciones, acciones con efecto de cámara lenta en tercera dimensión porque observan todos los detalles de cada situación.

Los hombres tenemos miedo de que tomen el poder porque no usaran la violencia para obligarnos a cumplir con la normatividad, tenemos miedo de que usen sus encantos tal como pensaban los griegos. Los hombres nos cuidamos de no hacer cosas que ya han sido dichas o hechas porque aborrecemos lo que estamos acostumbrados a ver. Apetecer y aceptar lo nuevo es parte de nuestro lado flaco. La diligencia es la más excelsa virtud a la que estamos acostumbrados y disfrutamos de ver en una mujer, salvo en excepciones de mujeres que se escapan de esta cualidad.

Ellas buscan para los hijos que todos tengan un mismo cuidado, una misma herencia, no hay mujer que vea bien el sufrimiento de los pequeños por la pasividad del varón, en esto consiste el instinto maternal, pero va más allá, ellas desean que todos tengamos los mismos campos para cultivar, que no hayan muchos que posean en exceso mientras que otros no tengan donde sepultar su cadáver.

En los enormes almacenes de la vida humana, entre hombres y mujeres siempre que hacemos inventario de nuestras aportaciones a la ciencia, el arte o la religiosidad me aventuro a concluir que las mujeres han aportado mucho más en los últimos siglos porque anteriormente las teníamos limitadas a la casa y a la familia. Si el hombre pinta un paisaje pinta para sí mismo y hará en el lienzo un escenario agradable e idóneo para el estado de ánimo en que se encuentre.

En diferentes épocas de la historia pareciera que la lluvia creativa de las mujeres amaina y se vuelve llovizna cuando en realidad siempre ha estado detrás de todos los chubascos que ha traído el hombre, nos dan lo que no tenemos, lo que nos falta, lo que nos nieguen siempre limita la creatividad de ambos sexos. Esa creatividad de las mujeres la emprenden y concretan en proyectos de vida que no atinamos en dar crédito y mucho menos distinguir porque nos obcecan su arreglo personal, sus atributos y de inmediato las calificamos como “buenas” o “malas” produciendo puntuaciones de recato, prudencia o castidad en base a su apariencia.

La paradoja radica en que es tanto nuestro razonamiento sobre muchos tópicos y sobre ellas que cuando sentimos asfixiarnos por tanta cogitación, sobreviene otra modalidad de enloquecimiento que desencadena en una persecución desenfrenada de esos afectos y emociones de la mujer, que a priori ya habíamos calumniado. La exaltamos para después hundirla en lo abyecto.

La mejor manera de admirar la belleza de la mujer, sentir como el alma propia se estetiza al contemplarla es en la distancia, no en la cercanía. La jovialidad de la mujer, sus encantos se disfrutan más en el anonimato, cuando esa mujer no te presta su atención, cuando la miras caminar de lejos, cuando estas a la expectativa de que pasara por enfrente de tu cubículo o de tu pupitre. Esos son tiempos de gozo bien empleados, cuando se disfruta momento a momento la mujer amada que aún no te ha concedido su preferencia. En tiempos de amargura buscamos medicina en ellas, y si no la encontramos desvariamos, llenamos esos vacíos con remedios de occidente o de oriente y cuando encontramos esa sustancia que nos alimenta persistimos en esa dirección dependiendo de qué tan favorable o adverso nos sea ese rumbo trazado.

Es más común que el hombre odie el crecimiento de los demás. Las mujeres son más propensas a ayudar al crecimiento emocional o económico de otros. Odiamos tanto a los ambicioso que tenemos una desconfianza muy grande hacia todo el que quiere hacer cosas nuevas. No le pedimos explicaciones al que no se afana en rebasar la línea promedio de desempeño, pero sí les exigimos todo tipo de justificaciones a los que intentan trascender. De ahí nace en los verdaderos hombres la preocupación siempre latente de caer, no en una desgracia, sino en el ridículo.

Las mujeres educan desde la cuna a sus hijos porque están más conscientes que el hombre de que el mal en la vida humana se debe a la ignorancia. Saben, por instinto materno, que un niño que experimente cosas nuevas cada día estará más preparado para cualquier peligro.

Cuando una mujer tiene un niño con inteligencia superior a sus hermanos, sabe que será superior en todo lo que haga, que tiene todas las características deseables en su hijo. Y lo que lo hace superior no es tanta habilidad, sino que esas habilidades le servirán para escoger siempre lo mejor.

No es frecuente que se busque tener hijos con pocas cualidades, ni como papa ni como mama, pero tengan las habilidades o cualidades que sean a los hijos se les acepta como son. Un tema de discusión entre hombres y mujeres que muy a menudo dejamos en el descuido, por enfrascarnos en nuestras metas sexuales es el de crecer en responsabilidad y conciencia, con el objetivo de sacar de nuestras ecuaciones toda aquella precariedad que afecte a los hijos: los malos cuidados, uso de drogas o cometer actos que van a lesionar nuestro patrimonio o a nuestra familia.

La mala administración, la negligencia en nuestras responsabilidades laborales, la mala alimentación de los hijos por carecer de recursos y los efectos secundarios de las adicciones se van a acumular como limitantes a aquellas que ya de por si imponen las geográficas y del contexto de nuestra comunidad.

Estas buenas decisiones de pareja se van construyendo desde la infancia. El ser superior se nutre con el desarrollo de perceptores superiores. La carencia de los mismos se ve explicada por la nula acumulación de referentes que nos hacen captar más información que anda volando por nuestras cabezas y que nos hace más capaces. La ausencia de estos perceptores nos llevan a la ruina y es cuando contratamos asesores para salir de deudas o para salvar el matrimonio.

Los perceptores son las habilidades para definir una mayor sensibilidad en el trato con los demás, los momentos de invertir o de dejar un trabajo, las formas, los materiales que ocupamos para construir algo nuevo y, obvio, de la imaginación para disponer los elementos que contiene un mecanismo sencillo o complejo. El hombre o la mujer que desarrolla estos perceptores muy difícilmente se dejan llevar por inestabilidades, cambios, modas o tendencias pasajeras. De ahí la cita de Aristóteles que viene muy al caso: “Es realmente bueno lo que el hombre superior considera que es bueno”.

Así mismo, los hombres o mujeres con habilidades extraordinarias, a la par de que desarrollan cosas novedosas de gran valor para la humanidad, también valoraran aquello que es digno de valorarse y de ser considerado digno en la más humana connotación de la dignidad. Tenemos que aprender a escoger todo aquello que sea digno de desearse para satisfacer nuestras necesidades sin afectar a los demás. Se habrá escuchado que cada quien es libre de gastar su dinero en lo que mejor le parezca, pues no es así.

Esto no es parte del pensamiento de un ser superior. Un ser superior siempre desea aquello que es de valor universal, que ayuda al crecimiento y prosperidad de su prole, y en el último de los casos, en aquello que no afecte a los demás. Cierto es que aquello que deseamos obtener o construir es lo que nos motiva a vivir. La motivación viene a ser diferente entre hombres y mujeres, porque no deseamos hacer las mismas cosas, aunque ambos desearan cosas de gran valor. Desde chicos es preciso adquirir estos valores superiores que se conviertan en necesidades superiores. No podemos contentarnos con cualquier cosa, y mucho menos si se refiere a metas sexuales.

El ser humano solo recuerda cuando sigue categorizando, permanece en la continua percepción de sus alrededores. Almacenamos recuerdos con diferentes etiquetas, obviamente las mujeres etiquetan sus recuerdos con emociones femeninas, detalles en los que ellas prestan más atención, los hombres tenemos también puestos nuestros recuerdos en múltiples lugares de nuestro cerebro con etiquetamientos y categorizaciones. La sección cerebral que se encarga de guardar los recuerdos de las mujeres la imagino sin dispositivos mutiladores como tenemos los hombres, porque los hombres difícilmente recordamos todas las características del entorno. Los recuerdos de las mujeres están mutilados aunque no en una cantidad tan grande como en el hombre.

A medida que acumulamos más recuerdos los hombres, esos mutilamientos se hacen de mayor tamaño. Esas partes que forman un todo ayudan a las mujeres a reconstruir ese todo que podrían estar olvidando. Los encuadres subjetivos que hacen las mujeres de cada situación que viven en la vida parecieran ser más fieles a la realidad que experimentan, los hombres estamos un poco impedidos por nuestra racionalidad para acercarnos con entereza y alta definición a los hechos que están implantando en nuestro cerebro retos y dificultades. La encarnación del verdadero sentido humano de los actos se alcanza cuando la mujer expresa por medio de sus movimientos, encantos y afectos, y así mismo reduce al orden los impulsos contradictorios que tenemos los hombres.

La recuperación del antaño y tradicional estereotipo de estar al servicio del hombre y de los hijos, de aquella mujer que planchaba, que cocina, que debían ser recatadas, que no podían ser provocativas o catalizadoras de pecados, ese papel de invisibilidad, de no ser llamativas ni chillonas, esa capacidad escatimada de dar matices y de enriquecer a la sociedad con su toque personal han llevado a los hogares extrañarlas tanto.

Con su emancipación la mujer puede que haya extraviado al hogar, puede que haya movido a las nuevas generaciones a una indiferencia por todo por no estar al frente del hogar, como estaban antes, y con ello compramos la idea de que la ministración de la mujer es esencial para un hogar.

No rescatarán a los hogares por más palabras que yo escriba a favor de ellas, ni por los poemas que se refieran a ellas, ni por las flores que les mandemos, ni porque huyan al campo para descontaminarse de los vicios de las ciudades. Salvarán a los hogares porque está en su corazón hacerlo. Un latido común de sufrimiento por aquellas mujeres que han olvidado a sus hogares para llegar a dominar y ser más exitosas que el hombre. Con todo, la mujer es inevitable, profunda en todo lo que hace y fecunda.

Me parece imposible definir los comienzos de la actividad femenil. Hay aparentes anomalías que los arqueólogos observan en los huesos que ha sido determinado ser de mujeres. Se observa violencia hacia ellas desde los primeros tiempos lo que nos hace pensar que las mujeres eran vistas como instrumentos que usaba el hombre más que seres humanos que vieran como iguales.

Los usos y costumbres en donde los hombres las ponemos por debajo de nosotros son vicios “egeos”, y virtudes “aqueas” de muchos hombres el reconocerlas y permitirles su libre tránsito hacia el éxito. Quizás nos molesta tanto a los hombres que son capaces de tener una organización más elástica que nosotros, una organización que les permite desarrollar todo lo que se proponen en un menor tiempo y sin tanta queja.

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