La vida es una marranera

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Mientras que no exista una conciencia de la felicidad y de la verdadera razón de la vida que es el ser felices, la vida es una marranera. Quien no tiene claro que su misión en la tierra es alcanzar la felicidad está condenado a hundirse entre los rescoldos tiernos de la inmundicia y la suciedad.

La inmensa mayoría de las buenas acciones humanas, incluyendo las de las personas más nobles, tiene motivos egoístas, y no es de lamentarse, porque si no fuera así la especie humana no sobreviviría. Un hombre que dedicara todo su tiempo a que otros coman, olvidándose de comer él mismo, moriría. Los motivos personales para que un hombre defienda a su mujer e hijos de los enemigos radican por completo en el estado de cosas que viviría el propio hombre en caso de no hacer nada para defenderlos.

Así pues, las personas que desean tener una alta opinión de su propia excelencia moral tienen que convencerse a sí mismas de que no han hecho nada bueno en realidad. El hacer el bien en un mundo en donde la mayoría hace el mal es como querer limpiar las orillas de una marranera.

Encontramos en nuestros miembros carnales una ley que obedece a manías, vicios, placeres desordenados, egoísmos, cambios de carácter repentinos, y gustos caros. Por otro lado sabemos lo que es bueno, eso que no hacemos, eso que postergamos para otro día porque estamos muy entretenidos en lo que si deseamos hacer que generalmente no es algo bueno.

Cuando pasamos meses haciendo eso bueno nos damos cuenta que no hay razón para ello, es una locura, porque por más bien que hagamos nunca es suficiente y observamos que los que hacen lo malo, los que truquean, los que se amafian, esos son los que están progresando.
Sabemos que finalmente el ser humano ha de morir, ¿morir es un premio?, ¿siempre fue la muerte un destino en común ineludible?, o ¿es simplemente un pago por lo malo que hemos hecho, o una vía de escape a esta marranera que es la vida? Todas las conjeturas subjetivas que puedan responder a estas interrogantes carecen de toda veracidad objetiva porque no hay ley que dicte los requisitos para establecer verdades absolutas.

En todos nuestros tratos con otras personas, con nuestros lectores, y en especial con las más próximas y queridas es importante recordar que ellos ven la vida desde su propio punto de vista y según afecte a su propio ego, y no desde nuestro punto de vista y según afecte a nuestro ego. En algunas ocasiones podemos darnos la libertad de dictaminar como grandes obras aquellos sacrificios altruistas que se han producido por siglos por parte de muchas personas filantrópicas pero ¿quién podría reprocharles la falta de estas obras en un mundo de malas acciones?

Una peculiaridad de nuestra vida moderna es el estar divididos en sectores que difieren mucho en cuestiones de moral y creencias. En algunos sectores se admira el arte y en otros se les considera diabólico, sobre todo si es moderno. En ciertos sectores, la devoción al imperio es una virtud suprema y en otros se considera un régimen caduco y en otros hasta una estupidez.

Debido a las diferencias de criterio, una persona con ciertos gustos y convicciones puede verse rechazada como un paria cuando vive en un ambiente, aunque en otro ambiente sería aceptada como un ser humano perfectamente normal. Un chico o una chica capta de algún modo las ideas que están en el aire, pero se encuentra con que esas ideas son anatema en el ambiente particular en que vive.

Es muy común que los jóvenes les parezca que el único entorno con el que están familiarizados es representativo del mundo entero.

Este aislamiento no solo es una fuente de dolor, sino que además provoca un enorme gasto de energía en la innecesaria tarea de mantener la independencia mental frente a un entorno hostil. Hay escritores que murieron en el aislamiento sin ser leídos por los lectores de su época, en otra fueron aplaudidos e incluso condecorados.

Casi todo el mundo necesita un entorno amistoso para ser feliz. Sin embargo, una persona nacida, por ejemplo, en una pequeña aldea rural se encontrara desde la infancia rodeada de hostilidad contra todo lo necesario para la excelencia mental. Si quiere leer libros serios, los demás niños se reirán de él y los maestros le dirán que esas obras pueden trastornarle. Si le interesa el arte, sus compañeros le consideraran afeminado, y sus mayores dirán que es inmoral.

El cinismo que tan frecuentemente observamos entre las personas con estudios superiores es el resultado de una combinación de comodidad con impotencia. La impotencia te hace sentir que no vale la pena hacer nada, y la comodidad te hace soportable el dolor que causa esa sensación.

El placer del trabajo está al alcance de cualquiera que pueda desarrollar una habilidad especializada siempre que obtenga satisfacción del ejercicio de su habilidad sin exigir el aplauso del mundo entero.

Existió un hombre que había perdido el movimiento de ambas piernas siendo muy joven, y aun así vivió una larga vida de serena felicidad escribiendo una obra en cinco tomos sobre las plagas de las rosas; según se supo, era el principal experto en este campo. Para un gran número de personas, creer en una causa es una fuente de felicidad. No necesariamente es una causa las guerrillas liberadoras de pueblos, los nacionalistas, racistas, sino también muchas creencias de tipo más humilde y localista.

Una afición, un gusto por las matemáticas, coleccionismos de monedas, filatelia, porcelana antigua, cajas de rapé, hallazgos paleontológicos, disección de animales, cacería, pesca etc. Todo placer que no perjudique a otras personas tiene su valor y escapa del concepto de la vida como marranera. Hay gentes que ahora, con la época del internet, coleccionan fotos de geógrafos que han captado paisajes, ríos, montes, riscos, cabos, picos de gran altura, cavernas o simas.

Sin embargo este carácter de afición se tiene erróneamente por muchos como del tipo melancólico. Para este tipo de personas las aficiones no son una fuente de felicidad básica sino un medio para escapar de la realidad, de olvidar por el momento algún dolor demasiado difícil de afrontar. En otros, el interés amistoso por las personas es una modalidad de afecto, pero no del tipo posesivo, que siempre busca una respuesta empática.

Esta última modalidad es, con mucha frecuencia, una causa de infelicidad. La que contribuye a la felicidad es la de aquel a quien le gusta observar a la gente y encuentra placer en sus rasgos individuales, sin poner trabas a los intereses y placeres de las personas con que entra en contacto, y sin pretender adquirir poder sobre ellas ni ganarse su admiración o amabilidad recíproca. Este tipo de actitud es proveedora de felicidad para otros, pero no necesariamente satisfará sus intereses y afectos o su objetivo de perseguir la felicidad.

El secreto para ver la vida de forma positiva, y olvidarte de todo lo malo que sucede en ella, de dejar de ver a la vida como una marranera es éste: que tus intereses sean lo más amplios posibles y que tus reacciones a las cosas y a las personas que te interesan sean, en la medida de lo posible, amistosas y no hostiles. Mostrar entusiasmo en cada situación por más difícil y complicada que parezca. Las mujeres en un intento por no mostrarse muy entusiasmadas o coquetas dejan de interesarse en todo. Entrar en una actitud de inactividad y de apartamiento de la vida conduce a fomentar la excesiva concentración en sí mismas.

Declaran que las mujeres que están muy entusiasmadas con su trabajo, su familia, su casa o actividades sociales son debido a su baja calidad moral o a que poseen menor respetabilidad que ellas mismas. Comienzan a decirse “zorras” entre ellas. Presumen no necesitar a nadie, es decir, su falta de interés por los demás les parece una virtud. Por supuesto, no hay que culparlas de esto: lo único que hacen es aceptar la doctrina moral que ha estado vigente durante miles de años para las mujeres.

Tanto para las mujeres como para los hombres el entusiasmo es el secreto de la felicidad y el bienestar.

De cómo el afecto entre las personas se sataniza.

Los obstáculos psicológicos y sociales que impiden el florecimiento de los afectos entre las personas son un grave mal que el mundo ha padecido siempre y seguirá padeciendo. Todo cariño o amistad entre las personas llega al banquillo de los acusados y a ser etiquetado como “otra cosa”. Más si se trata entre dos personas de diferente sexo o estado civil. A la gente le cuesta trabajo aceptar que otras personas se admiren sin que tenga que mediar otro tipo de entendimiento.

Toda esta “marranera” que declaramos existe en ciertas relaciones humanas tiende a producir timidez e ira, ya que mucha gente queda privada durante toda su vida de una necesidad fundamental, como lo es el cariño hacia otra persona, que para nueve de cada diez personas es una condición indispensable para ser feliz y tener una actitud abierta hacia el mundo.

Con este razonamiento concedemos a las personas que se entregan fácilmente, que se enredan sentimentalmente o sexualmente con muchas en su entorno un carácter de marranos. Carácter que quizás les provea de una felicidad de la que carecemos. Las únicas relaciones sexuales que tienen auténtico valor son aquellas en que no hay reticencias, en que las personalidades de ambos se funden en una nueva personalidad colectiva. Entre todas las formas de cautela, la cautela en el amor es, posiblemente, la más letal para la auténtica felicidad.

La familia antídoto contra la marranera.

Si no fuera por la emoción especial que se vive dentro de la familia, donde padres e hijos se conceden afecto, atención, protección y guías de orientación la vida sería completamente una verdadera marranera. Las emociones son instintivas. Las emociones no emanan en una familia impuesta como la que el estado impone a unos niños que han perdido a sus padres en un accidente o por la prisión de los progenitores, tampoco en casas hogar conocidas como orfanatorios. El amor especial que los padres sienten por sus hijos, siempre que sus instintos no estén atrofiados, tiene un gran valor para los padres mismos y para los hijos.

El valor del amor de los padres consiste principalmente en que es más seguro que cualquier otro afecto. Uno gusta a sus amigos por sus méritos, y a los amantes por los encantos, si los méritos o los encantos disminuyen, los amigos y los amantes pueden desaparecer. Pero es precisamente en los momentos de desgracia cuando más se puede confiar en los padres, en tiempos de enfermedad e incluso de vergüenza, si los padres son como deben ser. Todos sentimos placer cuando somos admirados por nuestros méritos, pero en el fondo, muy en el fondo, advertimos que esa admiración es precaria. En cambio, nuestros padres nos quieren porque somos sus hijos, y esto es un hecho inalterable, de modo que nos sentimos más seguros con ellos que con cualquier otro.

La vida es una marranera porque es imposible garantizar la felicidad de todos. Es bastante fácil garantizar la felicidad de una parte, pero es mucho más difícil garantizar la felicidad de las dos. El carcelero puede disfrutar manteniendo encerrado al preso; el jefe puede gozar intimidando al empleado sobresaturándole de trabajo, escondiendo sus papeles, acordando convenios con superiores para perjudicarlo, ser demasiado disparejo con todos para que llegue el día en que se inconforme con tanta injusticia, tanto favoritismo, y acabe por irse.

El sentido común nos dice que una buena relación humana debería ser satisfactoria para las dos partes.

En realidad, la felicidad terrenal tan pasajera como la vida misma es solo una sombra de lo que está por venir, por asomarse. Podemos ser tan felices toda la vida y ser asesinados brutalmente para pasar a ese otro mundo en el que quizás, -quizás no-, gozaremos eternamente. Por eso, fuera de la familia, cuando nuestros seres queridos se hayan ido, nos daremos cuenta de una verdad inalterable: La vida fuera de la felicidad familiar es una marranera.

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Un pensamiento en “La vida es una marranera

  1. Es una lectura que nos invita a la reflexión. Conceptos muy claros y muy valiosos. Nos invita a usar el sentido común, a que hagamos nuestras actividades con entusiasmo, que nuestras relaciones no sean superfluas sino afectivas y profundas y por último el amor incondicional del padres a hijos y viceversa.

    Es una lectura que recomiendo a todos.

    Gracias!

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