Currículum ajeno al neoliberalismo

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Currículum ajeno al neoliberalismo ( Primera Parte)
Los llamados temas de relevancia social, las matemáticas que permiten al individuo interactuar en una economía , el deporte visto desde el ángulo del control de las masas y la sociedad, las escuelas técnicas al servicio del sector productivo, los estudios de equidad de género o de “inclusión”, acciones que permiten al Estado recortar recursos para mantener escuelas de educación especial, conforman algunos de los ejemplos de contenidos de un curriculum de preponderancia neoliberal, concebidos en la copulación entre el capital y las ciencias sociales o experimentales.

El curriculum tiene existencia propia con o sin el aval de las órdenes superiores de organismos internacionales, es libre y solo corresponde a los individuos elegirlo, no a los colegiados financieros internacionales, no a las autoridades educativas. El individuo, en forma natural le corresponde encontrar los elementos que le proporcionará la posibilidad de ser feliz, procurándose la salud y el cotidiano bienestar, los goces y penas, sin alterar la paz, sin violar el derecho de los demás. Esta educación, no reglamentaria, no existente, existente en la imaginación de unos cuantos, esta utopía de ser formado o educado libremente podemos denominarlo como “currículum ajeno al neoliberalismo.”

El individuo, sea cualquiera su currículum del que se haya apropiado es un sabio-ignorante porque nos es imposible conocer directamente la plenitud de lo real, sería tanto como planear la construcción de un laboratorio especial para cada contenido en la escuela, y no tenemos más remedio que construir arbitrariamente una realidad, suponer que las cosas son de una cierta manera. Suponer nos ayudará a construir un esquema para encontrar una aproximación a la realidad de cada contenido curricular.

Los griegos creyeron haber descubierto en la razón, en el concepto, la realidad misma. Hoy en día los conceptos solo nos ayudan a gozar o a sufrir de la realidad, a sostenernos con un halo de vida en ocasiones al padecerla o a triunfar en muchas otras, si se escruta bien el entretejido último del concepto, se halla que no nos dice nada de la cosa misma, sino que resume lo que un hombre puede hacer con esa cosa o padecer de ella.

El conocimiento de lo real, aquél que alcanzamos después de depurarlo de la contaminación subjetiva, aquél que acumulamos después de eliminar la debilidad de nuestros sentidos o la razón con sus entorpecimientos y confusiones, aquél que conquistamos después de librar toda suerte de obstáculos epistemológicos, ese currículum no es otra cosa más que una aventura del pensamiento crítico que puede terminar en un caos curricular o en la generación de un nuevo cosmos construido en base a un nuevo paradigma de impacto individual o social.

Y no se trata de que un individuo lance una iniciativa sólo por lanzarla y otros la sigan, podría ser que como las aves se alerten unas otras ante el peligro de la escopeta del cazador, que los individuos se exhorten a producir nuevos conocimientos con la sola intención de que generaciones futuras eviten atrofiar sus sentidos y expandan su conciencia, y de esta manera escapar de los depredadores.

Existe una libertad para representar la realidad cada quien a la manera que mejor nos plazca. Sin embargo debemos referenciar nuestras representaciones a un establishment o al contrapunto del establishment. El establishment intenta ordenar las cosas públicas, las naciones están obligadas a seguir esos lineamientos de apego total a un currículum “oficial” decreto funcional desde los tiempos de los primeros estados nacionales . La población de este y cualquier país ha venido al mundo para ser dirigida, influida y organizada por otros.

Para repuntar o sobresalir existen lineamientos que legitiman cualquier promoción a niveles de mayor percepción económica o de enriquecimiento intelectual. Es desde el punto de vista normativo, y el sentido común que nos asiste, por razón cientificista o por gusto propio que nos ceñimos a este establishment porque sentimos la obligación moral o legal de referir nuestra vida a estas instancias superiores, constituidas por minorías que se preciaron y se siguen preciando a sí mismas de ser “excelentes”.

Estas referencias en muchos casos podrían ser modelos teóricos que son los medios con los que los científicos representan el mundo tanto para sí mismos como para los demás. En otras, podríamos estar hablando de un patrón de medida o de escalas contemplativas, análisis literarios o filológicos o también de referencias bibliográficas o hemerográficas.

Por el contrario, es de sobra declarar que los seres humanos adquirimos los conocimientos, y conformamos un currículum en base a la observación de nuestro entorno. Cada científico, cada pensador cuenta con un proceso histórico formal de representaciones, muchas veces que se desalinearon del currículum “oficial”, usaron su sentido común como principal vía de acceso a la realidad, y desde ahí, estructuraron otros caminos mediante el pensamiento reflexivo, desarrollaron nuevos paradigmas que les permitió abordar la complejidad de la vida social de su tiempo mediante una mirada autorreferencial.

El curriculum ha de tener por misión fundamental computar y compilar todos los procesos complicados de simbolización con signos visibles de todo aquello invisible dentro del alma de los hombres o de su entorno. El ordenamiento de las cosas y los hechos te permiten dejar de ver a la civilización como una selva, entendiendo como selva el caos.

El ser humano no encuentra en la selva la felicidad, solo es posible encontrarla en la civilización, pero no podemos solo buscar las ventajas que da la civilización, como la protección contra actos de terceros, la justicia, los servicios públicos, hemos de buscar tener una mente que esté a la altura de los problemas que aquejan dentro y fuera de la civilización.

Es la única vía para preservar y transmitir a las nuevas generaciones las ventajas que disfrutamos de la civilización. Sin embargo, encontramos que cada vez menos personas se les antoja conocer de la cultura, del conocimiento y del avance hacia un pensamiento más complejo o más crítico mediante la lectura y la reflexión. Las disciplinas escolares modernas han dado en desdeñar el cultivo de la memoria. Desaparecerá un día y será la era de la amnesia.

Estamos retrocediendo al inframundo de la mímica, el símbolo, la imagen y la palabra vulgar, la retentiva verbal está en vías de extinción y esto conviene a los empoderados porque con ello ejercen un control más riguroso sobre nuestras actitudes e iniciativas.

El regreso al paso subterráneo del símbolo, de los “likes”, los ademanes o memes y las imágenes rápidas nos obligará a arreglar todo a puñetazos porque el dialogo y el razonamiento han sido desplazados por todos ellos. En forma similar a los desgajamientos de los témpanos de hielo por el calentamiento global, la civilización va dejando de ser civilización para ser la selva que antes fue.

El establishment nos proporciona un currículum “oficial” que puede o no puede ser el único camino para preservar a la civilización, no podemos saber si sus iniciativas solo buscan preservar el “status quo” de esas minorías que dan origen al currículo o si preserva en forma asertiva a toda la civilización global.

Me inclino por un currículum alternativo porque nunca he confiado en el currículum oficial, ni cuando era estudiante ni en épocas recientes de actualización y especialización. La pretensión de uniformar y estandarizar mis conocimientos bajo la batuta de mis maestros, de los planes de estudios oficiales en cada nivel educativo por el que pasé me hizo pasar por una debacle emocional y cognitiva, ya que la mayor parte de las veces estuve más interesado en mi propio ordenamiento epistemológico que en el “oficial” por el cual era evaluado.

Lo único que me motivaba a estudiar el oficial era el poder disfrutar o padecer mis propios intereses de lectura y conocimiento.

Me negué a ser moldeado en forma general, tampoco lograron modificar las representaciones que mi cerebro hacía y hace del universo, el vocabulario del currículum oficial contiene aplicaciones arbitrarias, inciertas, sus cuadernillos o compendios de conocimientos diluidos no representaron ni el 1 % del contenido real de conceptos y nociones básicas y la inmersión en profundidades escatológicas que surgen cuando averiguas el origen del conocimiento te lleva a la misma conclusión de Sócrates cuando dice que la única certeza posible es el reconocer la ignorancia.

Continuará Segunda Parte: Propuesta curricular ajena al neoliberalismo

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La vida es una marranera

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Mientras que no exista una conciencia de la felicidad y de la verdadera razón de la vida que es el ser felices, la vida es una marranera. Quien no tiene claro que su misión en la tierra es alcanzar la felicidad está condenado a hundirse entre los rescoldos tiernos de la inmundicia y la suciedad.

La inmensa mayoría de las buenas acciones humanas, incluyendo las de las personas más nobles, tiene motivos egoístas, y no es de lamentarse, porque si no fuera así la especie humana no sobreviviría. Un hombre que dedicara todo su tiempo a que otros coman, olvidándose de comer él mismo, moriría. Los motivos personales para que un hombre defienda a su mujer e hijos de los enemigos radican por completo en el estado de cosas que viviría el propio hombre en caso de no hacer nada para defenderlos.

Así pues, las personas que desean tener una alta opinión de su propia excelencia moral tienen que convencerse a sí mismas de que no han hecho nada bueno en realidad. El hacer el bien en un mundo en donde la mayoría hace el mal es como querer limpiar las orillas de una marranera.

Encontramos en nuestros miembros carnales una ley que obedece a manías, vicios, placeres desordenados, egoísmos, cambios de carácter repentinos, y gustos caros. Por otro lado sabemos lo que es bueno, eso que no hacemos, eso que postergamos para otro día porque estamos muy entretenidos en lo que si deseamos hacer que generalmente no es algo bueno.

Cuando pasamos meses haciendo eso bueno nos damos cuenta que no hay razón para ello, es una locura, porque por más bien que hagamos nunca es suficiente y observamos que los que hacen lo malo, los que truquean, los que se amafian, esos son los que están progresando.
Sabemos que finalmente el ser humano ha de morir, ¿morir es un premio?, ¿siempre fue la muerte un destino en común ineludible?, o ¿es simplemente un pago por lo malo que hemos hecho, o una vía de escape a esta marranera que es la vida? Todas las conjeturas subjetivas que puedan responder a estas interrogantes carecen de toda veracidad objetiva porque no hay ley que dicte los requisitos para establecer verdades absolutas.

En todos nuestros tratos con otras personas, con nuestros lectores, y en especial con las más próximas y queridas es importante recordar que ellos ven la vida desde su propio punto de vista y según afecte a su propio ego, y no desde nuestro punto de vista y según afecte a nuestro ego. En algunas ocasiones podemos darnos la libertad de dictaminar como grandes obras aquellos sacrificios altruistas que se han producido por siglos por parte de muchas personas filantrópicas pero ¿quién podría reprocharles la falta de estas obras en un mundo de malas acciones?

Una peculiaridad de nuestra vida moderna es el estar divididos en sectores que difieren mucho en cuestiones de moral y creencias. En algunos sectores se admira el arte y en otros se les considera diabólico, sobre todo si es moderno. En ciertos sectores, la devoción al imperio es una virtud suprema y en otros se considera un régimen caduco y en otros hasta una estupidez.

Debido a las diferencias de criterio, una persona con ciertos gustos y convicciones puede verse rechazada como un paria cuando vive en un ambiente, aunque en otro ambiente sería aceptada como un ser humano perfectamente normal. Un chico o una chica capta de algún modo las ideas que están en el aire, pero se encuentra con que esas ideas son anatema en el ambiente particular en que vive.

Es muy común que los jóvenes les parezca que el único entorno con el que están familiarizados es representativo del mundo entero.

Este aislamiento no solo es una fuente de dolor, sino que además provoca un enorme gasto de energía en la innecesaria tarea de mantener la independencia mental frente a un entorno hostil. Hay escritores que murieron en el aislamiento sin ser leídos por los lectores de su época, en otra fueron aplaudidos e incluso condecorados.

Casi todo el mundo necesita un entorno amistoso para ser feliz. Sin embargo, una persona nacida, por ejemplo, en una pequeña aldea rural se encontrara desde la infancia rodeada de hostilidad contra todo lo necesario para la excelencia mental. Si quiere leer libros serios, los demás niños se reirán de él y los maestros le dirán que esas obras pueden trastornarle. Si le interesa el arte, sus compañeros le consideraran afeminado, y sus mayores dirán que es inmoral.

El cinismo que tan frecuentemente observamos entre las personas con estudios superiores es el resultado de una combinación de comodidad con impotencia. La impotencia te hace sentir que no vale la pena hacer nada, y la comodidad te hace soportable el dolor que causa esa sensación.

El placer del trabajo está al alcance de cualquiera que pueda desarrollar una habilidad especializada siempre que obtenga satisfacción del ejercicio de su habilidad sin exigir el aplauso del mundo entero.

Existió un hombre que había perdido el movimiento de ambas piernas siendo muy joven, y aun así vivió una larga vida de serena felicidad escribiendo una obra en cinco tomos sobre las plagas de las rosas; según se supo, era el principal experto en este campo. Para un gran número de personas, creer en una causa es una fuente de felicidad. No necesariamente es una causa las guerrillas liberadoras de pueblos, los nacionalistas, racistas, sino también muchas creencias de tipo más humilde y localista.

Una afición, un gusto por las matemáticas, coleccionismos de monedas, filatelia, porcelana antigua, cajas de rapé, hallazgos paleontológicos, disección de animales, cacería, pesca etc. Todo placer que no perjudique a otras personas tiene su valor y escapa del concepto de la vida como marranera. Hay gentes que ahora, con la época del internet, coleccionan fotos de geógrafos que han captado paisajes, ríos, montes, riscos, cabos, picos de gran altura, cavernas o simas.

Sin embargo este carácter de afición se tiene erróneamente por muchos como del tipo melancólico. Para este tipo de personas las aficiones no son una fuente de felicidad básica sino un medio para escapar de la realidad, de olvidar por el momento algún dolor demasiado difícil de afrontar. En otros, el interés amistoso por las personas es una modalidad de afecto, pero no del tipo posesivo, que siempre busca una respuesta empática.

Esta última modalidad es, con mucha frecuencia, una causa de infelicidad. La que contribuye a la felicidad es la de aquel a quien le gusta observar a la gente y encuentra placer en sus rasgos individuales, sin poner trabas a los intereses y placeres de las personas con que entra en contacto, y sin pretender adquirir poder sobre ellas ni ganarse su admiración o amabilidad recíproca. Este tipo de actitud es proveedora de felicidad para otros, pero no necesariamente satisfará sus intereses y afectos o su objetivo de perseguir la felicidad.

El secreto para ver la vida de forma positiva, y olvidarte de todo lo malo que sucede en ella, de dejar de ver a la vida como una marranera es éste: que tus intereses sean lo más amplios posibles y que tus reacciones a las cosas y a las personas que te interesan sean, en la medida de lo posible, amistosas y no hostiles. Mostrar entusiasmo en cada situación por más difícil y complicada que parezca. Las mujeres en un intento por no mostrarse muy entusiasmadas o coquetas dejan de interesarse en todo. Entrar en una actitud de inactividad y de apartamiento de la vida conduce a fomentar la excesiva concentración en sí mismas.

Declaran que las mujeres que están muy entusiasmadas con su trabajo, su familia, su casa o actividades sociales son debido a su baja calidad moral o a que poseen menor respetabilidad que ellas mismas. Comienzan a decirse “zorras” entre ellas. Presumen no necesitar a nadie, es decir, su falta de interés por los demás les parece una virtud. Por supuesto, no hay que culparlas de esto: lo único que hacen es aceptar la doctrina moral que ha estado vigente durante miles de años para las mujeres.

Tanto para las mujeres como para los hombres el entusiasmo es el secreto de la felicidad y el bienestar.

De cómo el afecto entre las personas se sataniza.

Los obstáculos psicológicos y sociales que impiden el florecimiento de los afectos entre las personas son un grave mal que el mundo ha padecido siempre y seguirá padeciendo. Todo cariño o amistad entre las personas llega al banquillo de los acusados y a ser etiquetado como “otra cosa”. Más si se trata entre dos personas de diferente sexo o estado civil. A la gente le cuesta trabajo aceptar que otras personas se admiren sin que tenga que mediar otro tipo de entendimiento.

Toda esta “marranera” que declaramos existe en ciertas relaciones humanas tiende a producir timidez e ira, ya que mucha gente queda privada durante toda su vida de una necesidad fundamental, como lo es el cariño hacia otra persona, que para nueve de cada diez personas es una condición indispensable para ser feliz y tener una actitud abierta hacia el mundo.

Con este razonamiento concedemos a las personas que se entregan fácilmente, que se enredan sentimentalmente o sexualmente con muchas en su entorno un carácter de marranos. Carácter que quizás les provea de una felicidad de la que carecemos. Las únicas relaciones sexuales que tienen auténtico valor son aquellas en que no hay reticencias, en que las personalidades de ambos se funden en una nueva personalidad colectiva. Entre todas las formas de cautela, la cautela en el amor es, posiblemente, la más letal para la auténtica felicidad.

La familia antídoto contra la marranera.

Si no fuera por la emoción especial que se vive dentro de la familia, donde padres e hijos se conceden afecto, atención, protección y guías de orientación la vida sería completamente una verdadera marranera. Las emociones son instintivas. Las emociones no emanan en una familia impuesta como la que el estado impone a unos niños que han perdido a sus padres en un accidente o por la prisión de los progenitores, tampoco en casas hogar conocidas como orfanatorios. El amor especial que los padres sienten por sus hijos, siempre que sus instintos no estén atrofiados, tiene un gran valor para los padres mismos y para los hijos.

El valor del amor de los padres consiste principalmente en que es más seguro que cualquier otro afecto. Uno gusta a sus amigos por sus méritos, y a los amantes por los encantos, si los méritos o los encantos disminuyen, los amigos y los amantes pueden desaparecer. Pero es precisamente en los momentos de desgracia cuando más se puede confiar en los padres, en tiempos de enfermedad e incluso de vergüenza, si los padres son como deben ser. Todos sentimos placer cuando somos admirados por nuestros méritos, pero en el fondo, muy en el fondo, advertimos que esa admiración es precaria. En cambio, nuestros padres nos quieren porque somos sus hijos, y esto es un hecho inalterable, de modo que nos sentimos más seguros con ellos que con cualquier otro.

La vida es una marranera porque es imposible garantizar la felicidad de todos. Es bastante fácil garantizar la felicidad de una parte, pero es mucho más difícil garantizar la felicidad de las dos. El carcelero puede disfrutar manteniendo encerrado al preso; el jefe puede gozar intimidando al empleado sobresaturándole de trabajo, escondiendo sus papeles, acordando convenios con superiores para perjudicarlo, ser demasiado disparejo con todos para que llegue el día en que se inconforme con tanta injusticia, tanto favoritismo, y acabe por irse.

El sentido común nos dice que una buena relación humana debería ser satisfactoria para las dos partes.

En realidad, la felicidad terrenal tan pasajera como la vida misma es solo una sombra de lo que está por venir, por asomarse. Podemos ser tan felices toda la vida y ser asesinados brutalmente para pasar a ese otro mundo en el que quizás, -quizás no-, gozaremos eternamente. Por eso, fuera de la familia, cuando nuestros seres queridos se hayan ido, nos daremos cuenta de una verdad inalterable: La vida fuera de la felicidad familiar es una marranera.

Segunda Parte. La fuerza civilizadora de la escuela

El maestro como fuerza civilizadora
Civilización global

El maestro ha de enseñar a sus alumnos que van a envejecer, jamás rejuvenecerán, que el mundo es irreversible, y la razón es muy clara, por más que se esfuercen por regresar el estado de cosas a un punto inicial, eso será totalmente imposible. Su vida estará llena de situaciones accidentales que determinarán el devenir de su estadía.

Algunas de estas situaciones, o por razones fortuitas de su entorno beneficiarán con algún tipo de ventaja a ciertas actividades o iniciativas que eliminaran de tajo a otras, las cuales serán “acciones perdedoras”. Ese cúmulo de acciones cotidianas de los seres humanos no han de ser azares idiotas, deben ser azares respetuosos de la ley y azares que vayan a beneficiar su intelecto, su cuerpo, su espíritu.

La razón por la cual tenemos que integrar a todos los alumnos a todo tipo de actividades didácticas, y motivarlos o moverlos a que no dejen ninguna actividad a medias conlleva el propósito de ser útil en todo momento, y ese pensamiento utilitarista comienza por promover en todos el respeto a la ley. Si dejamos a la deriva a ciertos elementos de una sociedad, de una escuela, éstos mismos pronto se convierten en los primeros en violar la ley, ya que el espíritu del solitario y del individualista se concibe como primicia de todo lo que existe.

Otra cara de los no agraciados, además de los solitarios está en los de escasos recursos, tenemos que comprender que tienen que procurarse un alimento, y las más de las veces no tienen otra opción que robar para comer.

En tiempos remotos, la República permeaba todos los actos de los hombres. Las mujeres tenían una edad para casarse y los hombres también. Las leyes tuvieron como objetivo el hacer de los primeros estados de la antigüedad, la vía para procurar la felicidad de todos.

Se debatía si era más importante educar las emociones o la inteligencia, definía lo que era contra la naturaleza, se ufanaba de predicar que antes de que cualquier litigio se iniciara primero había que hacer que las partes se conocieran a fondo y se apreciaran. Ahora, poco a poco, las fuerzas oscuras de los que están fuera de la ley, algunos dentro de las instituciones, otros fuera de ellas, dominan los actos de los hombres y mujeres con sus dictados subliminales o por el uso del chantaje.

El conjunto de ecuaciones que mantienen en equilibrio a la sociedad se alteran con estos lineamientos ocultos de minorías que se han propuesto que las personas honestas nos sintamos en desventaja, que sintamos que somos menos, o que nuestros esfuerzos son ingenuos.

El maestro, por tanto, tiene como tarea fundamental, el de pastorear a sus ovejas y no dejar que ninguna abandone el redil.

Este maestro pastor, que en tiempos modernos ha dejado de ser tal, dejó de serlo en forma gradual con actitudes y normas nuevas que fueron degradando su autoridad en el aula. Reglas tan insensatas como el de prohibir sanciones a los educandos, y el hecho de que toda la educación básica y media superior adquiera total gratuidad, lejos de enriquecer a la población, está alimentando un rechazo por la ley y por el respeto a la dignidad de nuestros semejantes, al eliminarse las sanciones en la escuela.

Esa falsa gratuidad en la educación y el acceso universal a los servicios educativos, aunado a las limitantes para sancionar inhiben a la cultura de legalidad y de la apropiación de valores morales. Te proyecta a un estado de ánimo de insaciable queja, de menor cuidado por el bienestar de la sociedad en conjunto al desechar obligaciones. Lo que no cuesta no se valora.

En décadas pasadas, cuando costaban los libros de texto y útiles escolares, se cuidaban. Ahora que se entregan en forma gratuita, ni se cuida ni entregan tareas y grafitean sus cuadernos con un desprecio total por todo lo que se les entrega. Lo que no cuesta no se valora. Luego viene la parte en donde al alumno se le pide evalúe al maestro. Si el maestro no cede ante sus caprichos o instintos lo amenaza o manipula con evaluarlo con una falsa precariedad. Alumnos que advierten a sus maestros que de no cumplir con sus peticiones los difamarán. La república nunca se enterará de estas situaciones particulares, y conviniendo que la Nación tiene otras prioridades,no tendría porque ocuparse en ello, pero es su tarea, como lo fue en la antigua Grecia, el estar consciente de éstas y muchas otras incidencias cotidianas y de debatir leyes que puedan procurar la medicina necesaria, un equilibrio y estabilidad a la nación. Sin embargo, eligieron hacer uso del sometimiento con la eliminación de derechos laborales y del sindicato, así como de aplicar evaluaciones y además criminalizarnos por la violencia intrafamiliar originada en la excesiva exposicion de contenidos violentos en los medios de comunicación, que se refleja en las aulas mediante el bullying, a nosotros, que representamos la única oportunidad para civilizar a las masas, a quitarles un poco del azar idiota, la pereza y la obscenidad de sus ocupaciones y gustos.

El maestro como presentador de la civilidad

Las opiniones de los seres humanos son muchas y muy variadas, en muchas ocasiones contradictorias, los juicios también. Admirables misterios se presentan ante nuestros ojos que los engullen sin digerir. Los que nos dedicamos a educar tenemos que mostrar la forma en que hemos de aproximarnos a la experiencia, a los objetos enigmáticos, a las argucias legales y a sabernos informar para poder opinar.

Enseñamos que es mejor conservar la armonía que imponer una razón, por más razón que se tenga, y que no es bueno agredir a quien no nos hace daño, mucho menos al que por naturaleza es violento o tiene el imperio del uso de la fuerza. La tarea de enseñar pasa también por preservar a los más sobresalientes de la soberbia que da el conocimiento.

El no hacerlo, los conducirá a formarse como seres humanos que siempre estarán poniendo a prueba a sus superiores o exhibiendo su poca sabiduría. No es posible vivir de puerta en puerta examinando a los que están en un puesto eminente sin acarrearnos enemistad, ni siquiera en los casos en que nos estemos viendo obligados a defendernos de ellos al percibir su afán de hacernos ver inferiores. Muchos creadores y personas que detentan el poder y la autoridad son guiados en sus decretos, no por su saber, sino por cierto movimiento natural, por un entusiasmo parecido al de los adivinadores y los profetas, que también suelen hacer cosas sin tener noción de lo que piensan o hacen.

La naturaleza nos ha dotado de suficiente inteligencia para lograr una vía alternativa a ceder ante la injusticia, tenemos que enseñar a nuestros educandos a tratar a estas personas que hacen uso de la prepotencia para imponer su razón y su sentir, y no es la lambisconería la solución, tal como muchos hemos visto en la experiencia docente, en la que, sin caer en complicidades o concesiones bochornosas, se ha logrado poner en la mesa toda la fuerza de los argumentos para deformar un poco, acciones y designios excretados del capricho gregario y hormonal.

El que se dedique a mostrar la luz al final de la caverna ha de enseñar a juzgar el árbol por sus frutos, a buscar siempre en los últimos actos de una persona la explicación a toda una vida que le antecede y a evitar el pecado de ejemplificar ideas con objetos humildes o vulgares, de no usar un lenguaje técnico por no parecer letrado, porque la belleza y el buen gusto se descubre hasta el día en que adquirimos erudición en las escalas contemplativas, esas que nadie practica hoy en día por estar pegados a la vulgaridad, al licor y a las pachangas que terminan en disolución.

Practicar las buenas costumbres no debiera convertirnos en místicos del bien o en mártires mudos, podemos divertirnos en las fiestas con las altas miras con las que los aristócratas gozaban de las artes en tertulias y quedadas nocturnas. La triste realidad radica en que aun los maestros, o algunos que se dicen maestros se exhiben en las redes sociales vomitando, haciendo ridículos jamás imaginados o admitiendo con voces altisonantes que les agrada actuar o gesticular profanidades.