¿ Son tan felices los sociables?

meditandoplaya
Tener una rica vida social es inquietante, imprescindible para aquellos espiritus que les gusta ampliar su circulo de visión, de acción y de contacto con los demás. Sin embargo, a medida que se agranda nuestro circulo social se multiplican los dolores, los deseos, los malos deseos y la alarma de experimentar el ridículo.

Cuanta más excitación produce la vida social nuestra conciencia y voluntad se altera mucho más, nunca nadie se para a pensar que estas excitaciones ocasionalmente producen muchos momentos íntimos de tristeza lejos del bullicio en donde incluso se derraman lágrimas. Este fenómeno espiritual es muy fácil delimitar: El circulo de acción social le quita a la voluntad todas las ocasiones interiores en donde reflexionamos el actuar cotidiano. El trabajo de nuestra conciencia es el de regular la felicidad o desgracia que experimentamos con los estimulos interiores y exteriores.

Este trabajo interior en el alma aporta mas recursos al espíritu que lo que la vida real social aporta con sus alternativas constantes de éxitos y fracasos, sacudidas y tormentos. Por poner un ejemplo, el ciego no es tan desgraciado como muchos pueden creer a priori, la calma de sus facciones, casi jovial y dulce se deben a la limitante que tiene de estar mas próximo a sus propias emociones, dada las carencias de estímulos visuales, sus relaciones más cercanas son preponderantes y la comunión que experimentan aquellos que lo asisten es exacerbada.

La actividad exterior de la vida nos distrae y nos aparta del estudio y quita al espíritu la tranquilidad y recogimiento exigidos por ese profesor privado que es nuestra conciencia, quien nos da comentarios y reflexiones a todo lo actuado en el diario vivir. Esta es la máxima nutrición que toda alma debe tener para no sentir ese vacío consciente, la máxima de Pitagoras: “Pásese revista, antes de dormirse por la noche, a lo que se ha hecho por el día”.

El hombre ( o mujer) que vive en el tumulto de los negocios o placeres sin rumiar nunca su pasado, que se contenta con devanar muy superficialmente las acciones de su vida, pierde toda razón clara; su espíritu se convierte en caos, y en sus pensamientos penetra cierta confusión, reflejándose en su conversación y acciones fragmentarias, desmenuzadas, inconexas y en ocasiones totalmente estúpidas.

Este estado será más pronunciado cuanto mayor sea la agitación exterior ( las fiestas) y la suma de impresiones y menor la actividad interna del espíritu. Actividad que debe ser hecha dia con dia, porque tampoco es provechoso hacer reflexiones tiempo después ya que no podemos hacer volver y revivir la disposición y la sensación producidas en nosotros, lo único que podemos recordar son ciertas manifestaciones individuales producidas ante cualquier hecho. Para esas almas que se alejan de reflexionar y se sumergen por completo en la vida social bulliciosa la memoria en papel o en material audiovisual representan una buena herramienta que les ayudará a conservar con cuidado las huellas de las épocas importantes de la vida, como también lo sería escribir un diario.

La felicidad es de los que se bastan a sí mismos. Aristóteles

Quien quiera que desee sumergirse en la vida social sin salir raspado o lastimado debe primero sentirse completo y feliz bastando estar bien consigo mismo. Poder decir: Omnia mea mecum porto ( Todas mis cosas las llevo conmigo), no contar con la seguridad más de que estar bien contigo mismo. Los peligros de la vida social son los siguientes: las fatigas, los inconvenientes, las molestias que producen los males ajenos, la vida de fiestas y banquetes que nos hacen temer el ridículo, sucesión de alegrías, placeres, goces que se acaban al final de una noche.

Toda sociedad o vida social exige un acomodamiento recíproco, un temperamento, una determinada forma de ser. Cuantos más requerimientos nos permean en la vida social, como el vestuario, la etiqueta, el perfume, las buenas maneras, la pertinencia de nuestras manifestaciones y comentarios, mucho mas hastío e insipidez se produce en nosotros a la hora de recogernos a nuestros aposentos nocturnos.

Es que no se puede ser verdaderamente uno mismo sino mientras está uno solo; por consiguiente, quien no ama la soledad, no ama la libertad, porque no es uno libre sino estando solo. Toda sociedad tiene por compañera inseparable la exigencia de un comportamiento determinado y reclama sacrificios que cuestan más caros cuanto más marcada es la propia individualidad. De esta forma, cada quien huye, soporta o ama la soledad en proporción exacta al valor de su propio Yo. Porque en la soledad es el estado idóneo para medir tu estatura espiritual, es donde el mezquino experimenta toda su mezquindad ( socialités) y los espíritus elevados su grandeza (filósofos).

La frecuente vecindad con seres heterogéneos molesta al filósofo. Un ser mezquino que no tiene nada que ofrecer en lo espiritual e intelectual a los demás se siente muy feliz en cualquier organización social. La vulgaridad no es otra cosa más que el perder las actitudes estéticas y éticas para dejar pasar el dominio de la opinión desordenada del vulgo ( la bola, el grupo, ser raza).

Esta “sociedad” aprecia los méritos de todos aun cuando no cuenten con valor de honestidad, como lo sería por ejemplo conseguir un rango o un nivel de salario por medios fraudulentos. En cambio quienes poseen méritos intelectuales son tomados como contrabandistas, personas con recursos de dudosa procedencia por más auténticos que éstos sean, ya que son medidos con sus propios distorsionados instrumentos de medición. Esta vida social no solo tiene el inconveniente de ponernos en contacto con personas a quienes no podemos ni aprobar ni amar, sino que no nos permite ser nosotros mismos, nos obliga, a fin de acomodarnos al diapasón de los demás, a empequeñecernos y hasta a deformarnos.

El hablar con ingenio, con virtud o con conocimiento se convierte en algo detestable, porque en la vida social vulgar para agradar en ésta hay que ser absolutamente insípidos y limitados como ellos mismos. En tales reuniones debe uno abandonar, con una penosa abnegación de sí mismo, las tres cuartas partes de tu personalidad para asimilar las formas de ser de los demás. Es cierto que, en cambio se adquieren algunas habilidades sociales, pero en la cuenta de los abonos y cargos sales perdiendo, te es más palpable tus pérdidas porque por lo general estas reuniones sociales son insolventes, o sea, estos tratos con los demás en nada pueden indemnizarnos el tedio, las fatigas y los disgustos que muy a menudo proporcionan, ni del sacrificio que hiciste al no quedarte en casa estudiando o reflexionando, de donde resulta que casi toda vida social es de tal calidad, que quien la trueca por la soledad…. hace una buena compra.

A eso viene a agregarse que la vida social, con la mira de suplir a la superioridad verdadera, es decir, a la intelectual, ha adoptado una superioridad falsa, convencional, basada en leyes arbitrarias. Es cuando te enteras de que se burlan de ti, te dicen antisocial y te recriminan con la mirada directa o con indirectas que ellos sí tienen amigos y tú no.

En general, no se puede estar al unísono perfecto más que con uno mismo: Ni con la mujer, ni con el amigo se encuentran la paz verdadera y profunda del corazón y la perfecta tranquilidad del espíritu, esos bienes supremos en la tierra, después de la salud, no se encuentran más que en la soledad,y; para ser permanentes, en la retirada absoluta. Cuando el yo es elevado y exuberante, se disfruta de la situación más feliz que puede encontrarse en este mundo de mezquinos que nada aportan.

La soledad y el desierto permiten abarcar de una sola mirada todos sus males y sufrirlos de una vez, la vida social, por el contrario, es insidiosa, oculta males inmensos, a veces irreparables, detrás de una apariencia de gran mundo, de grandes amistades, de conversaciones jocosas, de entretenimientos recurrente. Siempre ocurre que hay problemas entre ellos, disensiones, faltas de respeto, a veces ocultas, a veces a la vista de todos, a veces por el alcohol y a veces sin él. Las personas de vida social son las personas más conflictivas contrario a lo que se piensa del ermitaño. El ermitaño si entra en conflicto con alguien solo es por su falta de habilidad social, no por mala intención.

En cambio los de la vida social debieran, por su propio inventario elevado de recursos y habilidades sociales, nunca entrar en conflicto, pero vemos que es todo lo contrario. Por su escandalosa vida en sociedad es porque salen bien librados ante los demás, como personas que aportan mucho, que no son mezquinas, por la publicidad que se hacen entre ellos mismos al decir que fulano o sutano es muy agradable o de gran vida social. El ermitaño aparece entonces como el mezquino, como el que no comparte, como el que nada tiene que ofrecer, pero es en realidad todo lo contrario.

De todo lo anterior expuesto, resulta que el que lleva la mejor parte es el que solo cuenta consigo mismo y que puede en todo momento, ser él mismo. Cicerón ha dicho: “Nemo potest non beatissimus ese, qui est totus aptus ex sese, quique in se uno ponit omnia”. Nadie puede menos de ser muy feliz cuando es apto por sí mismo y pone únicamente en sí todas las cosas.

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