Reflexión tanatológica

tanatologia

Un clima para el examen de la propia conducta es el sentirse amenazado por la muerte. Puede que la vida no me haya provisto del suficiente espacio y tiempo para la meditación que desde niño anhelé tener. El sentido de aislamiento, una enfermedad que no cede ante la medicina, una dolencia que por más controlada que sea, nos recuerda en cada instante que el tiempo corre y se agota.

Vivir bajo amenazas durante uno, dos o tres meses, puede aniquilar, pero también nos puede preparar para enfrentar eso que tanto ignoramos durante mucho tiempo. Se agradece el no perecer con muerte súbita, pero también se desea mejor haber sido un aborto que nunca vio la luz. Los estorbos que nublan la vista se disipan, los perfiles y siluetas de figuras adquieren una nitidez nunca antes contemplada.

Te olvidas de los pequeños cuidados diarios y contemplamos todo, como si todo fuera parte de nuestros recuerdos. ¿Habrá cosa que, siendo más nuestra, nos sea más ajena que el recuerdo? ¿Quién era yo?

Y es en este estado de cosas que procedemos a observarnos como quien te observa de lejos. Nuestro corazón comienza a rajarse, la sangre circula más lenta pero nuestros latidos los escuchamos más fuertes. De mucho tiempo atrás ya no teníamos la misma agilidad que tuvimos de niños o adolescentes, nos sentimos traicionados por el mismísimo oxígeno al habernos dado vida y al mismo tiempo muerte.

Cruzamos nuestra habitación con los pocos alientos de vida que nos quedan como si atravesáramos el escenario siendo el personaje principal de una obra de teatro. Las líneas del nuevo guión que actuaremos nos cae del cielo como un programa de ópera con piezas musicales que serán magistralmente tocadas cuando la orquesta de ángeles toque la trompeta.

Seguramente no me envidias por sentirme cerca de la muerte estimado lector, pero no estoy más cerca de la muerte que tú, todos estamos igual de cerca, solo que nuestros ojos vendados no nos permiten advertirlo. ¿A qué doctrina nos acogeremos como refugio para solicitar no morir con dolor? ¿Qué principios nos han llevado al estado de cosas actual en que nos sentimos vencidos?

¿Acaso haya algún tema más impopular para tratarse que la muerte? ¿Acaso haya tema más radiante y gozoso que aferrarse a la vida? Y sin embargo los mexicanos nos reímos de la muerte una vez al año en noviembre adornando nuestras aulas con altares o papel picado. Los norteamericanos se atavían con disfraces y producen películas llenas de sangre y muerte.

En esta quietud de pensamientos por convivir de cerca con la muerte, ya sea por amenazas o por desempeñar trabajos riesgosos como el de un policía, un militar o un piloto aviador descubrimos que a lo largo de nuestra vida esa posibilidad la ignoramos conscientemente aunque nos retumbaba en el corazón como rio subterráneo que no logra brotar porque nuestras diligencias extenuantes no lo permitían.

Cuánta humildad se requiere, cuánto sacrificar convicciones firmes se requiere para llegar desnudo a la verdad de que la muerte nos acecha toda la vida.

Dos ángeles que asemejan a custodios de celdas nos acompañan en todo momento, en cada paso de la vida que damos: uno se llama cinismo y el otro estoicismo. Estoicismo porque se requiere de una resignación pasiva, una participación directa del alma en cada acto en que sufrimos un revés, un fracaso.

Luego entonces, nos ayuda a entender que fracasaremos como cuerpo y sangre, que volveremos a ser lo que antes fuimos: una idea y un recuerdo. Cinismo porque muchas veces actuamos con desvergüenza, sabiendo que lo que hacíamos era malo y que lo hicimos con ilícita desaprensión.

Usamos palabras en vano, reputaciones destruimos, tejimos hilos de tropiezo al vecino o al compañero de trabajo y supimos que actuábamos procazmente y no nos detuvimos en la víspera. Hicimos de nuestros placeres un jardín oculto y nos regocijaba la idea de que existieran grandes villanos como Hitler o Stalin, recordar sus grandes genocidios nos hizo sentir moralmente correctos en comparación con ellos. Y si nos ponemos a hacer un inventario minucioso de todas nuestras malas acciones llegaríamos a querer quitar al juez de su lugar y dictar sentencia en nuestra contra pero para ello tenemos a nuestro ángel moral que nos separa de esa idea con su consejo al oído de que fuimos víctimas de las circunstancias: de una infancia con maltrato o abuso o la herida no sanada de un padre ausente o difunto.

Vivimos en una época en que nuestra individualidad se pierde en el grupo al que pertenecemos: familiar, laboral, comunitario o académico. No nos importa si nuestras certezas son verdaderas o falsas, nos basta con que sean aplaudidas por una cantidad significativa de personas. Es ésta una época en la cual llamamos grosero al que le hace una observación y audaz al que sabido por todos ha logrado salir avante en sus latrocinios.

El cinismo nos despoja de toda culpa porque nos presenta con datos e ilustraciones que nuestra conducta fue solo una estadística. Grandes exploraciones científicas se han hecho para que ahora nuestro ángel del cinismo pueda ofrecer a nuestra culpa un lavado y planchado de esta vestimenta sucia y arrugada. Una verdadera emancipación intelectual que llega por un gran entendimiento en una hora muy oportuna. Excepto, repito, que tu muerte sea súbita o repentina.

Sirva esta epístola como un homenaje a todas aquellas personas de bien que conviven a diario con la muerte:

A los policías, a los militares, a las asistentes en las guarderías que atienden más niños de los que sus fuerzas humanas limitadas lo permiten, a los bomberos, a los albañiles que trabajan sin la suficiente seguridad, a los horneros de acereras, a los taxistas que trabajan en colonias peligrosas, a los cajeros de un banco, a las azafatas, a los mineros, a los que trabajan en plataformas petroleras marinas, a los pescadores, y a los que trabajan en trabajos con altos índices de mortalidad.

Gracias a todos ellos porque al haber leído sus historias de angustia ante la muerte me acercaron mucho a entender lo mucho que la ignoramos los que no nos movemos en actividades riesgosas.

Gracias Dios, por tu mensaje de salvación, por haberme permitido llegar a una edad en que pueda pensar con claridad, con madurez y gracias porque me trajiste hasta este lugar de valle de sombra de muerte para reflexionar sobre todo mi actuar durante mi vida.

Tu palabra dice que debemos de dar gracias a ti en todo y por todo. Conocido es que en esta vida se hace tu voluntad. Gracias a todos aquellos quienes me hicieron un mal y también a los que me hicieron un bien. Gracias porque al hacerme un mal no se daban cuenta que me hacían un bien, y a los que me hicieron un bien gracias porque se otorgaron una dádiva sin pensarlo.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

w

Conectando a %s