Urdir en las sombras

Espíritu vulgar que degeneró en vanidad, anticipada gloria que recibió cuando inmerecidamente le concedieron un cargo muy por encima de sus capacidades, muy incompleto ser que al recibir su presea solo porta su megalomanía. Vive comparándose con los que le rodean, envidia toda excelencia ajena y le carcome toda reputación que no puede igualar, aspira a parecer…. y es así como renuncia a ser.

Envía a la hoguera a quien desenmascara una hipocresía. No inventa nada, no crea nada, no empuja, no rompe, no engendra; pero, en cambio, custodia celosamente la armazón de automatismos, prejuicios y dogmas, ceguera que impide ver a la aurora, el horror de lo desconocido lo ata a mil prejuicios, mira siempre al pasado como si tuviera los ojos en la nuca, acomodaticios pasos, nunca equilibrados. No vive su vida para sí mismo, sino para el fantasma que proyecta en la opinión de sus incondicionales. Troca su honor por una prebenda y echa llave a su dignidad por evitarse un peligro, renunciaría a vivir antes que reconocer la verdad de su error.

Subvierte la tabla de los valores morales, falsea datos e identidades, desvirtúa conceptos: pensar es un desvarío, una locura, la dignidad de otros es una irreverencia y una grosería, la justicia es un lirismo inaceptable, la sinceridad es una tontería, la virtud una estupidez innecesaria.

Crea un mundo de valores ficticios que favorece la culminación de los obtusos, los artistas que sueñan nuevas formas y dispositivos se estrellan contra las hipocresías de sus convencionalismos, la turba de sus serviles incondicionales se aprestan hacer dramas poniendo piedras de tropiezo a los que toman el camino de las cumbres y éstos mismos mediocres se erigen como voluntarios para la ejecución de sus perversos arquetipos.

La ausencia de rasgos peculiares le obstaculiza la distinción. No hay líneas definidas ni en su propia sombra, que es, apenas, una penumbra. No ha vivido más por contar con más años porque siempre la maldad ha marcado su copa de libaciones. Su existencia vegetativa no tiene biografía. Ningún bello ideal ennobleció su vereda.

El poder que maneja, los favores que mendiga, el dinero que amasa para derrocharlo en frivolidades y deudas, seductor de su propia personalidad, no vivió para aprender, diluye en tedio su insipidez. Su falta de robustez moral le hace ceder a la más leve presión. Barco de amplio velamen es su navío, carente de un buen timón, adivina con palos de ciego su propia ruta: ignora si ira a varar en una playa arenosa o a estrellarse contra un escollo de rocas.

Pretende y presume estar en todas partes y se envanece en su testarudez, confunde la parálisis con la firmeza. Nunca advierte que su prójimo le ha sometido a una operación aritmética consistente en reducir todas sus cantidades de buena disposición a un denominador común: la mediocridad.

Existe una vastísima bibliografía acerca de seres igual de insuficientes, así como también hay una rica literatura consagrada a estudiar el genio y el talento que tanto desprecia. Ni un millón de psicólogos a su alrededor serían suficientes para hacer un giro en su astrolabio. Es un equilibrista que detesta el equilibrio.

Siempre decide ocuparse en faenas mundanas. No produce ni crea nada, solo reproduce. Su paciencia imitativa dista mucho de transformarse en imaginación creadora. Nada le parece tan peligroso como un hombre que se dispone a usar su raciocinio. Su todo es rutinario. Evidentemente es como es, y no podría ser de otra manera.

¿ Por qué si todo mundo promueve la admiración a los genios, a los héroes, a los que inventan, a los que piensan en un porvenir, a los que encarnan un ideal o forjan un imperio, por qué decide imponer en un pedestal de veneración y alta estima al que nada aporta, al corrupto, al imbécil y al que no sabe ni hablar, al que vive prestando adulación?

Me recetaron todos ellos juntos un brebaje que probé y escupí. Lo habían probado ellos mismos infinidad de veces entre penumbras. Aparecieron ante mis ojos sus bondades como cerdos cayendo al precipicio.

Su generosidad siempre fue dinero dado a usura y es hora de pagar sus costosas dádivas. Me ofertaron su amistad llena de virtud pero supe a tiempo discernir la nula presencia de un corazón puro y limpio.

Fue entonces que decidí entregar mi tiempo a la meditación para oír silbar el viento entre mis sienes, la humanidad me parece como un velero que cruza el tiempo infinito, he decidido ignorar su punto de partida y su destino remoto.

De nada me sirve el viento sin velero, el progreso humano que fomente en mis pupilos ahí quedara en manos de otro y de otros. La fruta apareció cuando abandonë mi primer hogar… esos cultivos que con mis manos sembré.

Quizá haya mucho más fruto al yo emprender otro viaje, uno más interesante, uno más puro, uno cercano a la virtud.sombras

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