Reflexiones pedagógicas sobre la “Respuesta a Sor Filotea”. Segunda Parte.

Reflexiones pedagógicas de “La Respuesta a Sor Filotea”. Segunda Parte
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No existe una sola verdad definitiva para Sor Juana, sus textos nos envían mensajes diferentes cada vez que los leemos, sus voces abarcan lo social, lo literario y lo cultural. La personalidad refractaria de sus letras reflejan una impotencia por el sometimiento de la mujer al varón y al mismo tiempo plantea en sus afirmaciones alternativas a los designios de los hombres.

El mayor bien que halló en el conocimiento fue pesar sus debilidades y fortalezas, tan honroso beneficio tasó en ello que se atreve a decir que quien carece de conocimiento actúa con más soberbia que quienes lo poseen en gran medida.

Quien no conoce sus debilidades inadvertida o deliberadamente impone su ley a los demás. Qué terrible es estar sometido a la arbitrariedad de quien desconoce la verdad o quien conociéndola hace que todos se dobleguen a sus caprichos.

El drama en cada letra de los escritos de nuestra monja novohispana brota como imperativo vital; sin embargo se advierte un equilibrio estilístico entre su personalidad y el ambiente de su época. Sus muchas palabras enseñan pero también su silencio, ése que se produce cuando mediante explicaciones, figuras e imágenes intenta, por ejemplo, descifrarnos las sagradas escrituras. -No callo porque no hay que decir, callo para poder entender la complejidad que el apóstol presenció al ser trasladado al tercer cielo-, afirma la musa y sigue diciendo:

“Que todo aquello que es menester no poder decir con tan solo decir que no es posible decirlo se perciben las muchas cosas que hay que decir”.

No tuvo alternativa que estar a la altura de otros grandes escritores de su época para poder expresarse y ésto obligó a Sor Juana a adquirir su erudición. Pide perdón a sus interlocutores si sus letras evidencian menor capacidad para expresarse en el mismo nivel en que le fuera requerido. Es éste un sentimiento casi perdido en nuestros días: los estudiantes van a la escuela con la idea de obtener un papel por el solo hecho de estar matriculados, sin afán por aprender , bastandoles con el deseo de sus padres de completar el ciclo lectivo. Sin demostrar día a día que están en la matrícula porque son dignos de estar en ella. El derecho a la educación pública lo hemos torcido como un derecho a estar presentes en la carrera pero sin perseguir la estafeta.

Si bien es cierto que como educando se muestra mayor sabiduría al escuchar que al hablar, también es cierto, -según palabras de nuestra religiosa novohispana-, que no debemos asistir a la escuela con la idea de que todo nos ha de ser enseñado. Es imperativo que el que se está educando reciba pero también que tenga apetitos por conocer por cuenta propia, con el profundo temor de Sor Juana de ser evaluado con pobres conocimientos.

Pesadumbre, tristeza debiera un estudiante sentir en ocasiones cuando un maestro, o un examen que una empresa te está aplicando requiere muestres un conocimiento o una habilidad y no salir vencedor por haber supuesto que todo te lo aportaría la escuela o los maestros: sin esfuerzo propio, sin un trabajo de investigación documental que resuelva interrogantes, sin ejercitarse en casa una y mil veces hasta alcanzar la altura del reto matemático o científico que se ha de superar, y solo obteniendo la calificación o promoción el camino para elevarnos a la altura del varón o mujer perfecta.

La monja muestra un excesivo temor y reverencia por todo aquel conocimiento de proporciones sobrehumanas, pero tiene una ventaja por encima de aquellos varones doctos de su época: su sobriedad y lejanía de impetuosos afectos carnales que en ocasiones no permiten profundizar en los grandes misterios de la vida por ese estorbo de la incontinencia gregaria y hormonal: Teneris in unnis haud clara est fides (No es luminoso el conocimiento en los jovencitos).

No obstante, no toma esta ventaja que le da el ser mujer no teniendo esa carnalidad desmesurada, no es anónima su reverencia por lo sagrado, pero le fue mas cómodo escribir sobre el entendimiento humano, las artes y todo aquéllo que la Iglesia clasificaba como “asuntos profanos”. Aseguró que si llegaba a errar en la interpretación de la escritura cometería una herejía sancionada por el Santo Oficio, pero en el caso de errar en las artes, en el Teatro sólo sería reconvenida por la censura de la risa y crítica experta. Este carácter de educar su ingenuidad frente a la complejidad, de estar siempre estudiando para limar su necedad e ignorancia, y de dedicarse con excelencia en temáticas no religiosas, es muestra de su humildad y admiración por la cogitación y adquisición de nuevas habilidades y conocimientos al margen de la Teología.

Continuará. Tercera parte.

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